<p>En 1976, el Whitney Museum de Nueva York acogió un evento singular: Arnold Schwarzenegger, entonces un joven culturista austriaco, fue exhibido como una «obra de arte viviente». Un profesor de Columbia arrugó la nariz: esos cuerpos «hiperdesarrollados», dijo, representaban<strong> «los peores excesos de una época pasada»</strong>. En aquel entonces, el músculo no era cultura, sino espectáculo. Sin embargo, en pocos años, algo cambió. En los ochenta, gracias a las películas de <i>Rocky</i> y al auge de los gimnasios, el músculo dejó de ser sospechoso para convertirse en símbolo de fuerza. Al menos para los hombres. <strong>Las mujeres, como mucho, podían «tonificar», siempre que no se pusieran «grandes»</strong>.</p>
Un enfoque sobre el cuerpo ha sustituido al «viejo» culto a la delgadez. Luigi Fontana, máximo experto mundial en el papel de los estilos de vida en la prevención de enfermedades crónicas: «Es uno de los mejores predictores de independencia funcional en la vejez»
En 1976, el Whitney Museum de Nueva York acogió un evento singular: Arnold Schwarzenegger, entonces un joven culturista austriaco, fue exhibido como una «obra de arte viviente». Un profesor de Columbia arrugó la nariz: esos cuerpos «hiperdesarrollados», dijo, representaban «los peores excesos de una época pasada». En aquel entonces, el músculo no era cultura, sino espectáculo. Sin embargo, en pocos años, algo cambió. En los ochenta, gracias a las películas de Rocky y al auge de los gimnasios, el músculo dejó de ser sospechoso para convertirse en símbolo de fuerza. Al menos para los hombres. Las mujeres, como mucho, podían «tonificar», siempre que no se pusieran «grandes».
Hoy, esa distinción ha desaparecido. Lo demostró recientemente Lindsey Vonn, la esquiadora de velocidad más laureada de la historia: «Logré ganar unos 5,5 kilos de masa muscular el pasado verano. Mi objetivo era volverme más fuerte».
El auge del entrenamiento de fuerza
Las palabras de Vonn reflejan algo más profundo. El entrenamiento con pesas, antes confinado a la preparación atlética profesional y al culturismo, es hoy una de las tendencias dominantes del fitness global. Según el American College of Sports Medicine, en 2026 el ejercicio de resistencia será la tendencia número uno del sector, junto a la tecnología vestible (wearables) que ya monitoriza mucho más que pasos y pulsaciones, incluyendo la calidad del sueño, el estrés, la glucemia y la variabilidad cardíaca.
Es una señal de que el culto a la «delgadez a toda costa» parece ceder el paso a una idea de cuerpo más funcional y fuerte. «Durante mucho tiempo, el fitness estuvo dominado por el culto a la delgadez. Hoy, en cambio, hablamos de longevidad y de healthspan (tiempo de vida con salud): las personas quieren vivir más, pero sobre todo vivir mejor. En este contexto, la fuerza muscular emerge como uno de los mejores predictores de independencia funcional en la vejez», explica Luigi Fontana, director del Centro para la Longevidad de la Universidad de Sídney.
Así, tras una vida sin preocuparse demasiado por la fuerza física, mujeres de 40, 50 o 60 años se encuentran de repente haciendo curls de bíceps, flexiones, planks y clases de barra. Han descubierto el deseo de ser fuertes. Algunas lo hacen por consejo médico para aliviar los síntomas de la perimenopausia; otras, al ver envejecer a sus padres, y otras por un ligero pánico existencial sobre su aspecto físico.
Si hasta ayer los gimnasios estaban dominados por sesiones interminables de cardio, ahora muchos centros están ampliando las áreas de peso libre, barras y kettlebells. Este cambio es coherente con las directrices de la Organización Mundial de la Salud, que recomienda para todos los adultos al menos dos sesiones semanales de fortalecimiento muscular, junto a 150-300 minutos de actividad aeróbica moderada.
«Para entender por qué el entrenamiento de resistencia es hoy central, hay que superar la idea de que el músculo es solo estética. El músculo es un verdadero órgano endocrino», prosigue Fontana. «Produce hormonas y moléculas bioactivas, las llamadas mioquinas, que regulan la inflamación, el metabolismo y la sensibilidad a la insulina. Entrenarlo significa intervenir en los mecanismos principales del envejecimiento».
La investigación muestra que una buena masa muscular se asocia con:
- Mejor regulación de la glucosa y niveles más bajos de insulina (clave para prevenir diabetes y ciertos tumores).
- Salud ósea: levantar pesas favorece la densidad mineral y reduce el riesgo de osteoporosis y fracturas.
- Salud metabólica: el músculo quema energía incluso en reposo (metabolismo basal).
A partir de los 30 años, se empieza a perder masa y fuerza muscular de forma lineal (entre un 8% y un 10% por década). Este proceso, la sarcopenia, aumenta el riesgo de caídas y discapacidad. «Contrariamente a lo que se creía, no es un destino inevitable. Puede frenarse e incluso revertirse después de los 50 o 60 años», dice el experto.
Un ejemplo asombroso es Emma Maria Mazzenga, una velocista de 92 años con varios récords mundiales en su categoría. Su consejo: «Conozcan sus límites, consulten al médico y sean constantes».
Fontana también advierte sobre los nuevos fármacos contra la obesidad (como los agonistas del GLP-1): «Son herramientas potentes, pero gran parte del peso perdido con ellos es masa magra. Quien los use debe asociarlos siempre a entrenamiento de resistencia para proteger sus huesos y metabolismo».
Por otro lado, existe el riesgo de la obsesión. El doctor Stefano Erzegovesi explica el concepto de MODE (Muscle-Oriented Disordered Eating) o vigorexia: «Es una forma de trastorno alimentario donde la obsesión no es la delgadez, sino la definición muscular y la fuerza. Puede llevar a dietas hiperproteicas desequilibradas y al aislamiento social».
Tener más masa muscular y menos grasa visceral no solo nos hace más fuertes físicamente, sino que se asocia con un cerebro biológicamente más joven. El músculo produce sustancias como la catepsina B, que estimula la plasticidad cerebral. Como dice Fontana: «La longevidad es un sistema. Se necesita dieta de calidad, sueño, gestión del estrés y, por supuesto, fuerza. Ningún hábito funciona solo».
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