<p>La <strong>música electrónica</strong> como arma contra la <strong>depresión y la ansiedad</strong>. Contextos colectivos como los conciertos pueden convertirse en una herramienta de <strong>regulación emocional</strong> y contención afectiva para jóvenes con trastornos de adaptación, según un estudio desarrollado por el Laboratorio de Emprendimiento Social de la Universidad de Valladolid </p>
Un estudio determina que este género musical supone un «escape emocional» y hace desconectar del malestar cotidiano
La música electrónica como arma contra la depresión y la ansiedad. Contextos colectivos como los conciertos pueden convertirse en una herramienta de regulación emocional y contención afectiva para jóvenes con trastornos de adaptación, según un estudio desarrollado por el Laboratorio de Emprendimiento Social de la Universidad de Valladolid
La investigación, realizada durante un concierto del DJ Steve Aoki en el festival Cosquín Rock 2024, apunta a que los jóvenes con diagnóstico previo de trastornos de ajuste experimentan una conexión emocional más profunda, estable y transformadora que aquellos sin diagnóstico para quienes tiene un impacto más recreativo.
Para ello, se estudió a un grupo de veinte jóvenes adultos —diez con diagnóstico previo de trastornos de adaptación y diez sin él— durante el concierto, mediante una tecnología (Sociograph) que permite registrar la actividad electrodermal grupal como indicador de atención y emoción compartidas.
Los participantes con diagnóstico mantuvieron niveles elevados y constantes de conexión emocional a lo largo de todo el concierto, interpretando la experiencia como una forma de «escape emocional», relajación y desconexión del malestar cotidiano.
En este grupo, emociones negativas como la ansiedad tendieron a transformarse, tras el concierto, en estados positivos como la felicidad, la sorpresa o el optimismo.
Por el contrario, los jóvenes sin diagnóstico presentaron respuestas emocionales más variables y reactivas con picos de atención ligados a estímulos espectaculares concretos —como los efectos visuales o el lanzamiento de tartas al público—, pero sin una vivencia de transformación emocional sostenida.
Para ellos, el concierto fue valorado fundamentalmente como una experiencia de ocio, diversión y socialización.
El análisis conjunto de los datos biométricos, los cuestionarios y la observación del entorno sugiere que la música electrónica puede actuar como un mecanismo de regulación emocional colectiva para jóvenes en situación de vulnerabilidad psicológica.
El estudio destaca que los temas con letra y los momentos de mayor carga sensorial generaron una respuesta emocional más estable en el grupo diagnosticado, mientras que los pasajes instrumentales y los estímulos visuales provocaron reacciones más fluctuantes en el grupo sin diagnóstico.
Por otra parte, la experiencia compartida, la sincronización corporal y emocional y la intensa estimulación sensorial favorecen procesos de cohesión grupal y contagio emocional que amplifican el impacto afectivo de la música, especialmente en quienes parten de una mayor necesidad de regulación emocional.
Los autores aclaran que el estudio no plantea la música electrónica como terapia clínica, pero sí como un recurso cultural con potencial para complementar estrategias de promoción del bienestar psicológico en jóvenes, fuera de los entornos sanitarios tradicionales.
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