Este 17 de agosto, Bolivia vuelve la mirada hacia uno de los símbolos que ha acompañado su historia desde los primeros días de vida independiente. Han pasado 201 años desde que la Asamblea Deliberante creó, el 17 de agosto de 1825, la primera bandera nacional, una insignia que cambió con el paso del tiempo hasta adoptar la disposición roja, amarilla y verde que identifica actualmente al país.
Detrás de sus colores existe una dimensión que supera los actos cívicos, los desfiles y el enarbolamiento en fechas conmemorativas. Para la historiadora, Ana María Lema Garrett, la bandera representa una síntesis de la identidad nacional y, al mismo tiempo, plantea una responsabilidad colectiva frente al país.
“La bandera es la expresión sintética de lo que somos, de dónde venimos; pero sobre todo, en este período complejo, la bandera y los símbolos patrios en general se necesitan para definir hacia dónde queremos ir”, sostuvo Lema en entrevista con EL DIARIO.
Su origen se encuentra ligado al surgimiento de los Estados nacionales. Durante siglos, explicó la doctora en Historia, las banderas estuvieron asociadas en Europa a monarquías, imperios, feudos, castillos y órdenes nobiliarias. Eran emblemas alrededor de los cuales se construían sentimientos de fidelidad y pertenencia.
En América, las guerras de independencia rompieron ese vínculo con la corona europea y obligaron a las nuevas repúblicas a crear símbolos propios capaces de representarlas dentro y fuera de sus fronteras.
Bolivia siguió ese camino apenas 11 días después de proclamar su independencia. La primera enseña nacional, establecida el 17 de agosto de 1825, tenía franjas verdes en los extremos y un campo central rojo punzó, sobre el que figuraban cinco estrellas doradas, cada una dentro de un óvalo formado por ramas de olivo y laurel, en representación de las cinco provincias que dieron origen a la nueva República. En 1826 se adoptó una segunda bandera y, finalmente, en 1851, durante el gobierno de Manuel Isidoro Belzu, se estableció la disposición de los colores rojo, amarillo y verde que llegó hasta nuestros días. El 30 de julio de 1924, mediante decreto supremo, se determinó que cada 17 de agosto se conmemore el Día de la Bandera.
Según Lema, reducir este símbolo a una pieza de tela significa ignorar la carga histórica que contiene. La bandera representa al país y permite que sus habitantes se reconozcan como parte de una comunidad que comparte territorio, historia y destino.
“La bandera no es solo una tela con colores, es mucho más complejo que eso”, remarcó la historiadora.
El rojo, amarillo y verde también han adquirido significados vinculados con la historia, la riqueza y el territorio boliviano. La normativa vigente atribuye al rojo, la sangre derramada por los héroes; al amarillo, las riquezas minerales y del subsuelo; y al verde, la riqueza de la naturaleza y la esperanza.
Cuando el escudo acompaña a la tricolor en los usos oficiales que lo incorporan, se abre otra lectura de la historia nacional. Sus elementos permiten observar cómo Bolivia se ha representado a sí misma y qué aspectos de su territorio y sus recursos consideró fundamentales para construir su imagen como país.
Desde esa perspectiva, la historiadora planteó que la presencia de los recursos naturales en la simbología nacional no debería limitarse a una evocación del pasado, sino convertirse también en una advertencia hacia el futuro. “Estos recursos plasmados en el escudo constituyen un recuerdo constante de la necesidad de cuidarlos, pero también de explotarlos con racionalidad, sostenibilidad y sustentabilidad”, señaló.
La relación cotidiana de los bolivianos con la tricolor es otro elemento que Lema consideró significativo. La bandera aparece en actos públicos, acontecimientos deportivos, movilizaciones, instituciones, establecimientos educativos y celebraciones. Se enarbola, se lleva sobre los hombros y, en ocasiones, sirve literalmente para envolver el cuerpo como una declaración de pertenencia y protección.
Ese universo simbólico se amplió con la Constitución Política del Estado (CPE) vigente reconoce como símbolos del Estado a la bandera tricolor rojo, amarillo y verde, el himno boliviano, el escudo de armas, la wiphala, la escarapela, la flor de la kantuta y la flor del patujú.
Para Lema, estas representaciones forman parte de las distintas maneras en que Bolivia expresa su diversidad y construye su identidad.
Sin embargo, su reflexión central vuelve a la tricolor y a lo que representa más allá de una fecha específica. Además, considera insuficiente recordar la bandera únicamente durante los homenajes del 17 de agosto. Su significado, sostiene, debería acompañar permanentemente a los ciudadanos y recordarles que la construcción del país depende también de ellos.
“No recordemos a la bandera solo el 17 de agosto, debe ser algo permanente, constante. El principal capital que tiene Bolivia en la actualidad somos nosotros mismos, los bolivianos”, aseveró.
En una Bolivia que enfrenta desafíos económicos, sociales y políticos, la historiadora encuentra en la bandera un punto de encuentro capaz de mirar simultáneamente hacia la historia y hacia lo que aún falta construir. Por eso define al símbolo nacional no solamente como testimonio del pasado, sino también como una referencia para proyectar el porvenir.
“La bandera además sirve de escudo de protección y para marcar el futuro”, expresa.
A 201 años de la creación de la primera enseña nacional, el homenaje adquiere así un significado que trasciende el ceremonial. La tricolor recuerda el nacimiento de Bolivia, representa sus recursos, sus luchas y su diversidad, pero también interpela a quienes habitan el país sobre la responsabilidad de preservarlo y construirlo.
El mensaje de Lema, finalmente, se resume en una frase que convierte el homenaje en compromiso: “que viva siempre Bolivia y amemos a este país”.
La entrada La bandera, memoria y futuro de Bolivia se publicó primero en El Diario – Bolivia.
Este 17 de agosto, Bolivia vuelve la mirada hacia uno de los símbolos que ha acompañado su historia desde los primeros días de vida independiente. Han pasado 201 años desde que la Asamblea Deliberante creó, el 17 de agosto de 1825, la primera bandera nacional, una insignia que cambió con el paso del tiempo hasta
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Este 17 de agosto, Bolivia vuelve la mirada hacia uno de los símbolos que ha acompañado su historia desde los primeros días de vida independiente. Han pasado 201 años desde que la Asamblea Deliberante creó, el 17 de agosto de 1825, la primera bandera nacional, una insignia que cambió con el paso del tiempo hasta adoptar la disposición roja, amarilla y verde que identifica actualmente al país.
Detrás de sus colores existe una dimensión que supera los actos cívicos, los desfiles y el enarbolamiento en fechas conmemorativas. Para la historiadora, Ana María Lema Garrett, la bandera representa una síntesis de la identidad nacional y, al mismo tiempo, plantea una responsabilidad colectiva frente al país.
“La bandera es la expresión sintética de lo que somos, de dónde venimos; pero sobre todo, en este período complejo, la bandera y los símbolos patrios en general se necesitan para definir hacia dónde queremos ir”, sostuvo Lema en entrevista con EL DIARIO.
Su origen se encuentra ligado al surgimiento de los Estados nacionales. Durante siglos, explicó la doctora en Historia, las banderas estuvieron asociadas en Europa a monarquías, imperios, feudos, castillos y órdenes nobiliarias. Eran emblemas alrededor de los cuales se construían sentimientos de fidelidad y pertenencia.
En América, las guerras de independencia rompieron ese vínculo con la corona europea y obligaron a las nuevas repúblicas a crear símbolos propios capaces de representarlas dentro y fuera de sus fronteras.
Bolivia siguió ese camino apenas 11 días después de proclamar su independencia. La primera enseña nacional, establecida el 17 de agosto de 1825, tenía franjas verdes en los extremos y un campo central rojo punzó, sobre el que figuraban cinco estrellas doradas, cada una dentro de un óvalo formado por ramas de olivo y laurel, en representación de las cinco provincias que dieron origen a la nueva República. En 1826 se adoptó una segunda bandera y, finalmente, en 1851, durante el gobierno de Manuel Isidoro Belzu, se estableció la disposición de los colores rojo, amarillo y verde que llegó hasta nuestros días. El 30 de julio de 1924, mediante decreto supremo, se determinó que cada 17 de agosto se conmemore el Día de la Bandera.
Según Lema, reducir este símbolo a una pieza de tela significa ignorar la carga histórica que contiene. La bandera representa al país y permite que sus habitantes se reconozcan como parte de una comunidad que comparte territorio, historia y destino.
“La bandera no es solo una tela con colores, es mucho más complejo que eso”, remarcó la historiadora.
El rojo, amarillo y verde también han adquirido significados vinculados con la historia, la riqueza y el territorio boliviano. La normativa vigente atribuye al rojo, la sangre derramada por los héroes; al amarillo, las riquezas minerales y del subsuelo; y al verde, la riqueza de la naturaleza y la esperanza.
Cuando el escudo acompaña a la tricolor en los usos oficiales que lo incorporan, se abre otra lectura de la historia nacional. Sus elementos permiten observar cómo Bolivia se ha representado a sí misma y qué aspectos de su territorio y sus recursos consideró fundamentales para construir su imagen como país.
Desde esa perspectiva, la historiadora planteó que la presencia de los recursos naturales en la simbología nacional no debería limitarse a una evocación del pasado, sino convertirse también en una advertencia hacia el futuro. “Estos recursos plasmados en el escudo constituyen un recuerdo constante de la necesidad de cuidarlos, pero también de explotarlos con racionalidad, sostenibilidad y sustentabilidad”, señaló.
La relación cotidiana de los bolivianos con la tricolor es otro elemento que Lema consideró significativo. La bandera aparece en actos públicos, acontecimientos deportivos, movilizaciones, instituciones, establecimientos educativos y celebraciones. Se enarbola, se lleva sobre los hombros y, en ocasiones, sirve literalmente para envolver el cuerpo como una declaración de pertenencia y protección.
Ese universo simbólico se amplió con la Constitución Política del Estado (CPE) vigente reconoce como símbolos del Estado a la bandera tricolor rojo, amarillo y verde, el himno boliviano, el escudo de armas, la wiphala, la escarapela, la flor de la kantuta y la flor del patujú.
Para Lema, estas representaciones forman parte de las distintas maneras en que Bolivia expresa su diversidad y construye su identidad.
Sin embargo, su reflexión central vuelve a la tricolor y a lo que representa más allá de una fecha específica. Además, considera insuficiente recordar la bandera únicamente durante los homenajes del 17 de agosto. Su significado, sostiene, debería acompañar permanentemente a los ciudadanos y recordarles que la construcción del país depende también de ellos.
“No recordemos a la bandera solo el 17 de agosto, debe ser algo permanente, constante. El principal capital que tiene Bolivia en la actualidad somos nosotros mismos, los bolivianos”, aseveró.
En una Bolivia que enfrenta desafíos económicos, sociales y políticos, la historiadora encuentra en la bandera un punto de encuentro capaz de mirar simultáneamente hacia la historia y hacia lo que aún falta construir. Por eso define al símbolo nacional no solamente como testimonio del pasado, sino también como una referencia para proyectar el porvenir.
“La bandera además sirve de escudo de protección y para marcar el futuro”, expresa.
A 201 años de la creación de la primera enseña nacional, el homenaje adquiere así un significado que trasciende el ceremonial. La tricolor recuerda el nacimiento de Bolivia, representa sus recursos, sus luchas y su diversidad, pero también interpela a quienes habitan el país sobre la responsabilidad de preservarlo y construirlo.
El mensaje de Lema, finalmente, se resume en una frase que convierte el homenaje en compromiso: “que viva siempre Bolivia y amemos a este país”.
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