
Unas semanas después de la erupción del volcán de La Palma, el enfermero e investigador tinerfeño David Díaz llegó a una reunión de la junta directiva de SEPAR (Sociedad Española de Neumología y Cirugía Torácica) con un bote de cristal en el bolsillo. Dentro, un puñado de ceniza gris que su suegra, vecina de Los Llanos de Aridane, le había guardado semanas antes. Cuando le tocó hablar, lo sacó y lo puso sobre la mesa: “Esto es lo que está respirando la población de La Palma ahora mismo”. Esa misma tarde, la sociedad científica decidió que había que investigarlo. El estudio se aprobó en febrero de 2022; cinco años después, coincidiendo con el aniversario de la erupción, SEPAR ha presentado en el Hospital Universitario de La Palma los resultados de ese estudio, llamado proyecto ASHES, con una metodología pionera internacionalmente y que deja muy claro que la salud respiratoria de la población más expuesta se resintió.


Una investigación que ha seguido a mil personas durante un lustro muestra que la exposición al volcán se asoció a hasta tres veces más tos y el doble de alteraciones obstructivas
Unas semanas después de la erupción del volcán de La Palma, el enfermero e investigador tinerfeño David Díaz llegó a una reunión de la junta directiva de SEPAR (Sociedad Española de Neumología y Cirugía Torácica) con un bote de cristal en el bolsillo. Dentro, un puñado de ceniza gris que su suegra, vecina de Los Llanos de Aridane, le había guardado semanas antes. Cuando le tocó hablar, lo sacó y lo puso sobre la mesa: “Esto es lo que está respirando la población de La Palma ahora mismo”. Esa misma tarde, la sociedad científica decidió que había que investigarlo. El estudio se aprobó en febrero de 2022; cinco años después, coincidiendo con el aniversario de la erupción, SEPAR ha presentado en el Hospital Universitario de La Palma los resultados de ese estudio, llamado proyecto ASHES, con una metodología pionera internacionalmente y que deja muy claro que la salud respiratoria de la población más expuesta se resintió.
El 19 de septiembre de 2021, el volcán de Tajogaite empezó a expulsar gases y ceniza, y lo hizo durante 85 días consecutivos. La erupción obligó a evacuar a unas 7.000 personas de una población total en la isla de unas 84.000. Durante esos días, y también muchos meses después, la población estuvo expuesta a cenizas, gases y humos procedentes del volcán que los investigadores temían que terminara afectando a medio y largo plazo a la población de la isla.
El equipo de ASHES (cenizas, en inglés) lo formaron una decena de investigadores, impulsados por el neumólogo Alberto Ruano Raviña (CRETUS-Universidad de Santiago de Compostela) y coordinados sobre el terreno por David Díaz Pérez, con participación del Centro Nacional de Sanidad Ambiental del Instituto de Salud Carlos III. Entre el millar de participantes hay vecinos adultos, niños y jóvenes de 6 a 18 años, personas con enfermedad respiratoria previa (asma, EPOC, enfermedad pulmonar intersticial) y un grupo de altamente expuestos con acceso autorizado a la zona de exclusión, como policías, guardias civiles, geólogos y personal de limpieza de cenizas.
El protocolo distinguió a los participantes según su nivel de exposición: desde quienes pasaron semanas trabajando dentro del perímetro de exclusión hasta la población de municipios alejados del volcán, que sirvió de grupo de control. A todos se les sometió a distintas pruebas respiratorias y muestras de sangre, orina y frotis oral, con la idea de rastrear tanto el daño funcional como los biomarcadores de inflamación, estrés oxidativo y metales pesados acumulados en el organismo.
El estudio muestra que la población más expuesta presentó hasta tres veces más probabilidad de tos y el doble de alteraciones compatibles con un patrón obstructivo pulmonar que la menos expuesta. En un análisis adicional con 474 participantes, el equipo detectó un incremento relevante de síntomas durante la propia erupción que persistió después, con un patrón que respondía a la lógica de que a mayor exposición, mayor sintomatología.
En población infantil, los resultados muestran que entre el 25 y el 50% de los participantes dijo tener algún síntoma respiratorio y ocular durante la erupción, como picor o congestión nasal. Después, los síntomas oculares remitieron, pero persistieron la tos, el dolor de cabeza, la congestión nasal, el dolor de garganta y los problemas de piel, con mayor frecuencia y persistencia entre los niños con antecedentes de asma o expuestos al humo de tabaco ambiental.
“Los resultados muestran una relación entre la exposición prolongada a la erupción y la presencia de síntomas respiratorios, con afectación clara en la función pulmonar de los grupos más expuestos”, explica Ruano, quien subraya que ASHES es pionero en este ámbito y será referente para futuras erupciones. “ASHES nace para convertir una emergencia real en conocimiento útil, con datos que ayuden a proteger mejor a la población en futuras erupciones”, resume el presidente de SEPAR, David de la Rosa.
Para David Díaz, que realizó el trabajo de campo en la zona en la que vive su familia política, esto es más que una investigación, “es nuestra forma de ayudar a la población”. La última casa que se tragó la colada fue en la que él había vivido unos años antes.
La idea de los investigadores es que este no sea “el punto final”, ha dicho Ciro Casanova, neumólogo en el Hospital Universitario La Candelaria. El equipo continúa analizando muestras biológicas para identificar mediadores inflamatorios asociados a la exposición volcánica, y seguirán a los participantes en próximas visitas, con la vista puesta en si las alteraciones detectadas remiten con los años o marcan el inicio de una enfermedad respiratoria crónica. EL PAÍS visitó el lunes La Palma para hablar con algunos de los participantes en este estudio: una enfermera, un agricultor y una voluntaria que pasó cuatro meses en la zona de exclusión.
Angeli Mora: “La mascarilla estaba tan negra por dentro como por fuera”
Angeli Mora Guzmán, de 42 años, llegó a La Palma hace una década huyendo de la crisis venezolana. Después llegó la covid y homologó su título de enfermera el mismo día que empezó la erupción. Cuando le llegó el correo electrónico confirmándole la homologación pensó: “En serio, ¿un volcán?”. Sin embargo, al día siguiente ya trabajaba en el Fuerte de Santa Catalina, atendiendo a los primeros evacuados. De ahí pasó a Urgencias de Los Llanos y luego se incorporó a SEPAR, donde se especializó en función pulmonar.

Lo que más le llamó la atención en consulta fue la frontera difusa entre dos síntomas parecidos: “La falta de aire comparte la sintomatología con una crisis de ansiedad. Me pregunto: ¿hasta dónde era realmente ansiedad y hasta dónde era una afección respiratoria? La persona que tiene esa sensación de disnea, de falta de aire, puede tener un problema respiratorio y, de hecho, algunos se descubrieron así, en personas que decían estar siempre ansiosas y cansadas».
Tanto ella como el resto de expertos cree que pudo haber cierta relajación con las mascarillas, efecto del cansancio de la covid y de que, aún llevando las FFP2, “te la quitabas, estornudabas y salía negro”. Tiene familiares que trabajaron limpiando ceniza: “Cuando se quitaban la mascarilla, estaba tan negra por dentro como por fuera”.
Algo tuvo de bueno el volcán, en todo caso: decenas de personas con problemas respiratorios y pruebas pendientes desde antes de la covid pudieron hacérselas gracias al estudio ASHES.
Diego González Lorenzo: la ceniza en los invernaderos
Uno de los problemas más serios del volcán fue el que afectó a los agricultores de plátanos en la zona de Tazacorte. Diego González Lorenzo, palmero de 34 años, acababa de volver a la isla para empezar un negocio con su padre justo el mes en que arrancó la erupción, en septiembre de 2021. La ceniza llegó hasta sus invernaderos, y él y su padre siguieron trabajando prácticamente como siempre: “En un principio nosotros trabajamos normal, pero a medida que pasaban los días la ceniza fue a mucho más y salíamos llenos, de arriba abajo”, recuerda. Ni las gafas servían de mucho: “Aunque tú te pusieras gafas y mascarilla, al terminar, en algún momento, estabas en contacto con la ceniza”.

La herida económica fue mayor que la física. “Fue una época mala, la verdad”, admite. La ayuda que recibieron del Gobierno, cuenta, se llamaba compensación de renta, y ahora se la están reclamando de vuelta, aunque perdió “muchísimo más” de la ayuda que recibió. Aun así, prefiere no quejarse demasiado: “Yo no perdí mi hogar”.
Físicamente, dice, no ha notado secuelas: es deportista, corre casi a diario y no ha notado nada. Lo que sí ha visto es el desgaste emocional a su alrededor: “Hay mucha gente que se ha ido de la isla por depresión, porque lo ha perdido todo. Aquí hay viejitos que han construido su casa, para toda la vida, y perdieron su estabilidad”. Cinco años después, el volcán sigue ahí: “Yo tendré esto presente toda la vida”.
Paula González de la Cruz: cuatro meses en la zona de exclusión
Enfermera del Servicio Canario de Salud y voluntaria de Cruz Roja desde antes de la erupción, Paula González de la Cruz, palmera de 29 años, trabajó primero en el punto de recepción de evacuados y, después, cuatro meses dentro de la zona de exclusión, sobre todo en la limpieza de cenizas y ayudando en los desalojos. Recuerda el miedo de las semanas previas a la erupción, “mucha incertidumbre de si saldría o no, cuándo y por dónde” y, después, la crueldad de ver avanzar la lava, lentamente: “Había gente que casi quería que la lava se llevara ya sus casas. Era peor vivir con la incertidumbre”.

Lo que más recuerda de esos meses son las despedidas de los palmeros a sus hogares: “Una familia tenía guardados todos los regalos de cumpleaños de su hijo, que cumplía años esos días: la piñata, los globos, todo. Y decían: ¿qué me llevo? ¿Qué hago con las fotos de mi infancia, de mis abuelos, de mi padre? En esa esquina fue donde aprendí a caminar”. Aun protegida con mono, guantes y mascarilla, notó “un poco más de sensibilidad respiratoria, como asma”, aunque insiste en que no fue nada grave comparado con quienes lo perdieron todo.
De aquellos meses, dice, lo que más le impactó, para bien, fue la ola de solidaridad: “Venía gente de todas partes de España de manera voluntaria a ayudar, a arrimar el hombro”. Cinco años después, “se quedó como una espinita clavada”, reconoce. “Y sigue todavía ahí, caliente”.
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