Por: Susana Gutiérrez
En las salas del Centro Cultural de España en La Paz (Ccelp), el silencio parece tener texturas. Se trata de “Bendita agua. Cuerpo–Territorios en 3 actos”, la más reciente propuesta de la artista boliviana Erika Ewel. La muestra, que ya se encuentra abierta al público, no es solo una exhibición de arte textil; es una cartografía del dolor, la memoria y, fundamentalmente, del cuidado.
Ewel, una de las voces más sólidas del arte contemporáneo nacional con más de tres décadas de trayectoria, propone en esta ocasión un concepto tan político como espiritual: el cuerpo-territorio. Bajo esta premisa, la artista nos recuerda que la tierra no es algo que “está ahí afuera”, sino que es nuestra propia extensión biológica.
El agua atraviesa toda la exposición como un hilo conductor. Pero no es un agua idílica; es un agua que tiñe, oxida y quema. Se presenta como río que fluye, pero también como la mancha que delata la contaminación y el rastro de la violencia extractiva.
Un recorrido en
tres actos
La exposición está estructurada como una pieza narrativa que escala desde lo micro hasta lo macro:
El primer acto nos sitúa en la domesticidad. Utilizando servilletas bordadas, Ewel inscribe en lo cotidiano las memorias del cuidado y las violencias patriarcales. El bordado aquí es una sutura, un intento de sanar lo que ocurre en el espacio privado.
El segundo acto expande la mirada hacia la urbe y la propiedad. A través de pañuelos intervenidos con cartografías, se exploran las tensiones de ciudades como La Paz, donde el paisaje es un campo de batalla por la posesión y la transformación forzada.
El tercer acto es una elegía a la naturaleza. Textiles de gran formato recrean un bosque herido, una Amazonía quemada y degradada. Las piezas, cargadas de una materialidad táctil y ruda, evidencian el paso del tiempo y la agresión ambiental.
Del extractivismo
a la reparación
Uno de los puntos más altos de la muestra son las obras nacidas de la residencia “Geografía de Saberes”. En ellas, Ewel trabajó directamente en territorios afectados por la minería. El resultado son registros materiales donde la oxidación y la toxicidad del entorno se convierten en la propia sustancia del arte.
Sin embargo, frente a la “estética del desastre”, Ewel opone la persistencia del cuidado. Cada puntada, cada tela recuperada y cada gesto manual es un acto de resistencia. En un mundo que extrae y descarta, la artista elige reparar y recordar.
“La exposición invita a reflexionar sobre cómo las violencias coloniales y extractivistas se inscriben tanto en la tierra como en nuestros propios cuerpos”, dijo.
“Bendita agua” es una invitación a detenerse y mirar las cicatrices que compartimos con el paisaje. Es una oportunidad para ver cómo Erika Ewel transita con maestría entre lo íntimo y lo político, recordándonos que, al final del día, todos somos una misma superficie sensible.
Sobre la artista
Erika Ewel (Santa Cruz, 1970) ha representado a Bolivia en bienales internacionales y su obra forma parte de colecciones institucionales de renombre. Su práctica multidisciplinaria —que incluye pintura, dibujo y bordado— es un referente imprescindible para entender el diálogo entre la identidad personal y la crisis ecológica en la región.
La entrada Bendita Agua: Cuando la piel y el paisaje son una misma herida se publicó primero en El Diario – Bolivia.
Por: Susana Gutiérrez En las salas del Centro Cultural de España en La Paz (Ccelp), el silencio parece tener texturas. Se trata de “Bendita agua. Cuerpo–Territorios en 3 actos”, la más reciente propuesta de la artista boliviana Erika Ewel. La muestra, que ya se encuentra abierta al público, no es solo una exhibición de arte
La entrada Bendita Agua: Cuando la piel y el paisaje son una misma herida se publicó primero en El Diario – Bolivia.
Por: Susana Gutiérrez
En las salas del Centro Cultural de España en La Paz (Ccelp), el silencio parece tener texturas. Se trata de “Bendita agua. Cuerpo–Territorios en 3 actos”, la más reciente propuesta de la artista boliviana Erika Ewel. La muestra, que ya se encuentra abierta al público, no es solo una exhibición de arte textil; es una cartografía del dolor, la memoria y, fundamentalmente, del cuidado.
Ewel, una de las voces más sólidas del arte contemporáneo nacional con más de tres décadas de trayectoria, propone en esta ocasión un concepto tan político como espiritual: el cuerpo-territorio. Bajo esta premisa, la artista nos recuerda que la tierra no es algo que “está ahí afuera”, sino que es nuestra propia extensión biológica.
El agua atraviesa toda la exposición como un hilo conductor. Pero no es un agua idílica; es un agua que tiñe, oxida y quema. Se presenta como río que fluye, pero también como la mancha que delata la contaminación y el rastro de la violencia extractiva.
Un recorrido en
tres actos
La exposición está estructurada como una pieza narrativa que escala desde lo micro hasta lo macro:
El primer acto nos sitúa en la domesticidad. Utilizando servilletas bordadas, Ewel inscribe en lo cotidiano las memorias del cuidado y las violencias patriarcales. El bordado aquí es una sutura, un intento de sanar lo que ocurre en el espacio privado.
El segundo acto expande la mirada hacia la urbe y la propiedad. A través de pañuelos intervenidos con cartografías, se exploran las tensiones de ciudades como La Paz, donde el paisaje es un campo de batalla por la posesión y la transformación forzada.
El tercer acto es una elegía a la naturaleza. Textiles de gran formato recrean un bosque herido, una Amazonía quemada y degradada. Las piezas, cargadas de una materialidad táctil y ruda, evidencian el paso del tiempo y la agresión ambiental.
Del extractivismo
a la reparación
Uno de los puntos más altos de la muestra son las obras nacidas de la residencia “Geografía de Saberes”. En ellas, Ewel trabajó directamente en territorios afectados por la minería. El resultado son registros materiales donde la oxidación y la toxicidad del entorno se convierten en la propia sustancia del arte.
Sin embargo, frente a la “estética del desastre”, Ewel opone la persistencia del cuidado. Cada puntada, cada tela recuperada y cada gesto manual es un acto de resistencia. En un mundo que extrae y descarta, la artista elige reparar y recordar.
“La exposición invita a reflexionar sobre cómo las violencias coloniales y extractivistas se inscriben tanto en la tierra como en nuestros propios cuerpos”, dijo.
“Bendita agua” es una invitación a detenerse y mirar las cicatrices que compartimos con el paisaje. Es una oportunidad para ver cómo Erika Ewel transita con maestría entre lo íntimo y lo político, recordándonos que, al final del día, todos somos una misma superficie sensible.
Sobre la artista
Erika Ewel (Santa Cruz, 1970) ha representado a Bolivia en bienales internacionales y su obra forma parte de colecciones institucionales de renombre. Su práctica multidisciplinaria —que incluye pintura, dibujo y bordado— es un referente imprescindible para entender el diálogo entre la identidad personal y la crisis ecológica en la región.
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