La lluvia ha empapado a Abigail y su pareja, oriundos de Tarija, quienes han recorrido las calles de Santa Cruz de la Sierra en motocicleta, preguntando garaje por garaje, repitiendo una rutina constante desde hace seis años: buscar el camión y, con él, alguna pista de su madre, Alejandra Iriarte Guerrero.
Se refugian en el primer alojamiento que encuentran. Tras instalarse, Abigail va al patio a colgar su ropa y, mientras lo hace, levanta la mirada casi por inercia. Entonces lo ve. El camión.
Se queda inmóvil unos segundos. No hay duda: es el vehículo que desapareció junto a su madre el 30 de septiembre de 2011, el mismo que buscó sin descanso por carreteras, terminales y barrios enteros de Cochabamba, La Paz y ahora Santa Cruz. Está ahí, frente a ella, intacto y silencioso.
La búsqueda, tal como la conocía, termina en ese instante. Pero es el inicio de otro largo viacrucis.
¿DÓNDE ESTÁN?
En promedio, seis de cada 10 desapariciones afectan a mujeres (60,6%), según datos del Observatorio de Trata de Personas del Cecasem. Solo en 2025 se reportaron 437 personas desaparecidas en el país: más de un caso por día. De ese total, 265 corresponden a mujeres y 172 a hombres.
La tendencia en 2026 se mantiene. Solo entre enero y febrero ya se registraron 48 nuevos casos, confirmando que la desaparición de personas —y en particular de mujeres— sigue siendo una realidad persistente.
Estas desapariciones pueden estar vinculadas a distintos delitos, como trata, feminicidio o secuestro. Según la especialista del Cecasem, Wara Del Castillo, en el país existe una fuerte confusión conceptual: muchas desapariciones se asocian automáticamente a la trata, cuando en realidad responden a fenómenos distintos.
Se considera persona desaparecida a aquella cuyo paradero es desconocido y cuya ausencia no ha sido explicada, generando una situación de incertidumbre para sus familiares. Puede ocurrir en contextos diversos —violencia, conflictos familiares, accidentes o delitos—, pero en todos los casos implica la urgencia de activar mecanismos de búsqueda.
Antonio Vaca recuerda el día en que su hija Valeria desapareció. Tenía 18 años de edad, era estudiante y madre de una niña de dos años. La familia la buscó por su cuenta y acudió a la Policía, donde encontró sospechas y desinterés. Días después, una llamada lo estremeció: “Papá, estoy secuestrada”, alcanzó a decir antes de que la comunicación se cortara.
Ese rastro llevó a la captura de un hombre que primero dijo que era su pareja y luego lo negó. Fue detenido, pero salió en libertad tras pagar fianza, y la investigación se diluyó entre cambios de fiscales y audiencias suspendidas.
Con el tiempo, Antonio tuvo que elegir entre buscar o sostener su hogar. Hoy recorre Montero en una bicicleta adaptada, vendiendo refresco de coco, junto a su nieta de 14 años, que creció sin su madre. Han pasado casi 12 años y la ausencia sigue intacta.
DUELO AMBIGUO
El psicólogo Javier Bladés explica que estas familias enfrentan un “duelo ambiguo”: no saber si la persona está viva o muerta genera una incertidumbre constante, sin cierre emocional. La mente se llena de preguntas, lo que provoca ansiedad, angustia y, con el tiempo, depresión.
En Bolivia, esta situación se agrava por un vacío legal. No existe una normativa específica sobre desaparición de personas. El principal marco es la Ley N° 263, enfocada en trata y tráfico, pero sin procedimientos claros para estos casos. Esto provoca que las búsquedas dependan de criterios dispersos.
Aunque ninguna ley en Bolivia establece la obligación de esperar, esta práctica se repite. Sin embargo, organismos internacionales advierten que el 80% de las personas desaparecidas se encuentra en las primeras 48 horas, cuando las evidencias aún están frescas.
Desde el Viceministerio de Seguridad Ciudadana se asegura que existen esfuerzos para enfrentar el problema, con coordinación entre Policía, Fiscalía, Cancillería e Interpol. También se impulsan sistemas de alerta temprana y programas de prevención.
Entretanto, la versión oficial contrasta con los testimonios. El viceministro señala que muchas desapariciones corresponden a personas que se ausentan voluntariamente y que la búsqueda depende de una denuncia formal.
ABIGAIL
Cuando Abigail encontró el camión, quiso gritar, pero el miedo la detuvo. Volvió con la Policía y confirmaron que estaba remarcado. Quienes lo tenían dijeron que era una herencia, sin documentos ni declaración.
Luego llegó la pandemia que alcanzó a Abigail en Tarija, sin poder viajar, el caso estaba a la deriva en Santa Cruz. Al volver, el camión precintado en Diprove ya no estaba y todo registro había desaparecido. Recibió una advertencia: “No molestes, o te va a pasar lo mismo que a tu madre”.
Abigail dejó la búsqueda por su seguridad y la de su hija. Volvió a Tarija con las manos vacías. Casi 15 años después, ya no espera respuestas completas: solo quiere saber dónde está su madre para enterrarla y dejar de buscar. (Colaboración de Yenny Escalante y Yobana Knaudt)
La entrada Desaparecidas: la agonía sin fin de las familias se publicó primero en El Diario – Bolivia.
La lluvia ha empapado a Abigail y su pareja, oriundos de Tarija, quienes han recorrido las calles de Santa Cruz de la Sierra en motocicleta, preguntando garaje por garaje, repitiendo una rutina constante desde hace seis años: buscar el camión y, con él, alguna pista de su madre, Alejandra Iriarte Guerrero. Se refugian en el
La entrada Desaparecidas: la agonía sin fin de las familias se publicó primero en El Diario – Bolivia.
La lluvia ha empapado a Abigail y su pareja, oriundos de Tarija, quienes han recorrido las calles de Santa Cruz de la Sierra en motocicleta, preguntando garaje por garaje, repitiendo una rutina constante desde hace seis años: buscar el camión y, con él, alguna pista de su madre, Alejandra Iriarte Guerrero.
Se refugian en el primer alojamiento que encuentran. Tras instalarse, Abigail va al patio a colgar su ropa y, mientras lo hace, levanta la mirada casi por inercia. Entonces lo ve. El camión.
Se queda inmóvil unos segundos. No hay duda: es el vehículo que desapareció junto a su madre el 30 de septiembre de 2011, el mismo que buscó sin descanso por carreteras, terminales y barrios enteros de Cochabamba, La Paz y ahora Santa Cruz. Está ahí, frente a ella, intacto y silencioso.
La búsqueda, tal como la conocía, termina en ese instante. Pero es el inicio de otro largo viacrucis.
¿DÓNDE ESTÁN?
En promedio, seis de cada 10 desapariciones afectan a mujeres (60,6%), según datos del Observatorio de Trata de Personas del Cecasem. Solo en 2025 se reportaron 437 personas desaparecidas en el país: más de un caso por día. De ese total, 265 corresponden a mujeres y 172 a hombres.
La tendencia en 2026 se mantiene. Solo entre enero y febrero ya se registraron 48 nuevos casos, confirmando que la desaparición de personas —y en particular de mujeres— sigue siendo una realidad persistente.
Estas desapariciones pueden estar vinculadas a distintos delitos, como trata, feminicidio o secuestro. Según la especialista del Cecasem, Wara Del Castillo, en el país existe una fuerte confusión conceptual: muchas desapariciones se asocian automáticamente a la trata, cuando en realidad responden a fenómenos distintos.
Se considera persona desaparecida a aquella cuyo paradero es desconocido y cuya ausencia no ha sido explicada, generando una situación de incertidumbre para sus familiares. Puede ocurrir en contextos diversos —violencia, conflictos familiares, accidentes o delitos—, pero en todos los casos implica la urgencia de activar mecanismos de búsqueda.
Antonio Vaca recuerda el día en que su hija Valeria desapareció. Tenía 18 años de edad, era estudiante y madre de una niña de dos años. La familia la buscó por su cuenta y acudió a la Policía, donde encontró sospechas y desinterés. Días después, una llamada lo estremeció: “Papá, estoy secuestrada”, alcanzó a decir antes de que la comunicación se cortara.
Ese rastro llevó a la captura de un hombre que primero dijo que era su pareja y luego lo negó. Fue detenido, pero salió en libertad tras pagar fianza, y la investigación se diluyó entre cambios de fiscales y audiencias suspendidas.
Con el tiempo, Antonio tuvo que elegir entre buscar o sostener su hogar. Hoy recorre Montero en una bicicleta adaptada, vendiendo refresco de coco, junto a su nieta de 14 años, que creció sin su madre. Han pasado casi 12 años y la ausencia sigue intacta.
DUELO AMBIGUO
El psicólogo Javier Bladés explica que estas familias enfrentan un “duelo ambiguo”: no saber si la persona está viva o muerta genera una incertidumbre constante, sin cierre emocional. La mente se llena de preguntas, lo que provoca ansiedad, angustia y, con el tiempo, depresión.
En Bolivia, esta situación se agrava por un vacío legal. No existe una normativa específica sobre desaparición de personas. El principal marco es la Ley N° 263, enfocada en trata y tráfico, pero sin procedimientos claros para estos casos. Esto provoca que las búsquedas dependan de criterios dispersos.
Aunque ninguna ley en Bolivia establece la obligación de esperar, esta práctica se repite. Sin embargo, organismos internacionales advierten que el 80% de las personas desaparecidas se encuentra en las primeras 48 horas, cuando las evidencias aún están frescas.
Desde el Viceministerio de Seguridad Ciudadana se asegura que existen esfuerzos para enfrentar el problema, con coordinación entre Policía, Fiscalía, Cancillería e Interpol. También se impulsan sistemas de alerta temprana y programas de prevención.
Entretanto, la versión oficial contrasta con los testimonios. El viceministro señala que muchas desapariciones corresponden a personas que se ausentan voluntariamente y que la búsqueda depende de una denuncia formal.
ABIGAIL
Cuando Abigail encontró el camión, quiso gritar, pero el miedo la detuvo. Volvió con la Policía y confirmaron que estaba remarcado. Quienes lo tenían dijeron que era una herencia, sin documentos ni declaración.
Luego llegó la pandemia que alcanzó a Abigail en Tarija, sin poder viajar, el caso estaba a la deriva en Santa Cruz. Al volver, el camión precintado en Diprove ya no estaba y todo registro había desaparecido. Recibió una advertencia: “No molestes, o te va a pasar lo mismo que a tu madre”.
Abigail dejó la búsqueda por su seguridad y la de su hija. Volvió a Tarija con las manos vacías. Casi 15 años después, ya no espera respuestas completas: solo quiere saber dónde está su madre para enterrarla y dejar de buscar. (Colaboración de Yenny Escalante y Yobana Knaudt)
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