Un hombre de negocios viaja en sus vacaciones a un pueblo costero, donde observa cómo vive un pescador local: tras capturar algunos pescados de calidad dedica el resto de su día a descansar, pasar tiempo con su mujer e hijos e ir a tocar la guitarra con sus amigos. El turista le propone un ‘plan de negocios’, según el cual, con más horas diarias dedicadas a la pesca, podrá ir ascendiendo poco a poco: primero adquirirá barcos más grandes, luego creará una flota, finalmente abrirá una conservera y de ahí podrá mudarse a la gran ciudad para dirigir su imperio. Tras conocer el tiempo que tardaría en poder culminar ese plan, unos 20 o 25 años, el pescador pregunta qué viene después, a lo que el hombre de negocios responde: «Podrás jubilarte en un pueblecito costero, levantarte tarde, pasar tiempo con tu familia y amigos». El pescador sonríe y dice: «¿No es eso lo que estoy haciendo ya?»
Que dormimos poco y mal no es ningún secreto, pero el mayor error es creer que no conlleva ningún problema, o incluso que formamos parte de una rara excepción por la que algunas personas (muy pocas) en todo el mundo son capaces de dormir apenas unas horas sin que su salud o rendimiento se vean afectados
Un hombre de negocios viaja en sus vacaciones a un pueblo costero, donde observa cómo vive un pescador local: tras capturar algunos pescados de calidad dedica el resto de su día a descansar, pasar tiempo con su mujer e hijos e ir a tocar la guitarra con sus amigos. El turista le propone un ‘plan de negocios’, según el cual, con más horas diarias dedicadas a la pesca, podrá ir ascendiendo poco a poco: primero adquirirá barcos más grandes, luego creará una flota, finalmente abrirá una conservera y de ahí podrá mudarse a la gran ciudad para dirigir su imperio. Tras conocer el tiempo que tardaría en poder culminar ese plan, unos 20 o 25 años, el pescador pregunta qué viene después, a lo que el hombre de negocios responde: «Podrás jubilarte en un pueblecito costero, levantarte tarde, pasar tiempo con tu familia y amigos». El pescador sonríe y dice: «¿No es eso lo que estoy haciendo ya?»
El doctor Javier Puertas, neurofisiólogo clínico y miembro de la Sociedad Española del Sueño (SES), rememora esta historia basada en un cuento de Heinrich Böll y conocida como «La parábola del pescador» para establecer un paralelismo con el sueño. Parecemos empeñados en robarle horas al descanso para trabajar más, ser más productivos… y así poder dormir en el futuro.
Pero del mismo modo que el tiempo perdido no se recupera, el descanso tampoco, ni siquiera si hablamos de metas a corto plazo: dormir poco de lunes a viernes y recuperar horas el fin de semana, un «atracón» considerado inútil. «Se ha visto que incluso dormir cada día entre semana una hora menos de lo necesario genera un desgaste que no se recupera del todo durante el fin de semana», explica el doctor Pablo Barrecheguren, neurocientífico y autor de ¿Por qué soñamos? Y otras grandes preguntas sobre dormir y el sueño.
«No creo que tengamos que convencer a nadie de que dormimos peor que antes», sentencia Puertas para alertar de un gran problema de nuestro tiempo. Con la llegada de la luz eléctrica se rompió un acuerdo tácito con el ciclo de luz y oscuridad y se alteró una tradición milenaria que cambiaría para siempre nuestra percepción del descanso. Y quien lo posibilitó, el inventor Thomas Alva Edison, no habría lamentado las consecuencias ya que él mismo, con sus tres o cuatro horas de sueño cada noche, es uno de los más famosos miembros del selecto club de ‘dormidores cortos’.
Hoy en día, solo quienes permanecieron al margen del progreso, desconocen todos los problemas que genera la privación de sueño, «de hecho, en las lenguas de algunas tribus africanas y del Amazonas la palabra insomnio no existe«, afirma el neurofisiólogo. Y mientras, en las sociedades más modernas hemos desarrollado maneras de forzar el ciclo vigilia y descanso mediante el consumo de estimulantes tan habituales como la cafeína para despertarnos y recurriendo a hipnosedantes o suplementos como la melatonina para ayudarnos a conciliar el sueño. Porque no, en realidad no nos hemos adaptado a dormir menos por mucho que lo intentemos.
«Está de moda decir que dormir es una pérdida de tiempo y que hay que dormir cinco horas al día», denuncia María de los Ángeles Bonmatí Carrión, investigadora del grupo Cronolab de la Universidad de Murcia, «y con el tema del sueño muchas veces el placebo es muy importante, así que si creen que durmiendo cinco horas todo lo demás funciona mucho mejor, esa percepción positiva va a hacer que al menos durante unos meses se encuentren relativamente bien. Pero al final la fisiología acaba acusando estos desajustes y esta disrupción, ya sea a nivel de falta de sueño o de alineación de los ritmos circadianos».
El doctor Javier Puertas considera que esta moda radica en el estigma del «tiempo improductivo», esa necesidad de producir a todas horas, cuando ni siquiera una máquina, como un avión, puede operar 24 horas sin reservar tiempo para su mantenimiento. «La productividad tiene un límite«, explica, «porque los mecanismos de procesamiento de la información, de memoria, de concentración, de atención, necesitan pasar por periodos de reajuste y de equilibrado, de quitar ruido e información que no se necesita para consolidar la que es relevante».
Pero toda regla tiene una excepción, y en ésta la constituyen los llamados ‘dormidores cortos’. «No es un mito», explica el doctor Barrecheguren, «hay un pequeño porcentaje de adultos cuyas necesidades de sueño son muy inferiores a la media». Hablamos de unas cinco o seis horas diarias de sueño, incluso cuatro en casos extraordinarios, mientras que la recomendación (para adultos) es de unas siete u ocho horas.
Los expertos que han estudiado este fenómeno calculan que la prevalencia es de tan solo un 1-3% en todo el mundo, pero el porcentaje que duerme poco es mucho mayor. ¿Cómo saber si pertenecemos realmente a ese club o si solo nos privamos de sueño? Barrecheguren propone que nos formulemos algunas preguntas para despejar la duda: ¿Me despierto cansado o descansado cuando me levanto? Y, en el caso de levantarme con energía, ¿ese descanso dura a lo largo del día o enseguida estoy cansado de nuevo?
Y por supuesto, nada de trampas, si dependemos de cafés o bebidas energéticas no podemos considerar en absoluto que ese despertar haya sido espontáneo. No influye que seamos más diurnos o nocturnos (nuestro cronotipo), las horas solo son importantes en su suma y en su regularidad: un ‘dormidor corto’ no hace diferencias entre un día laborable o vacaciones, su necesidad de sueño siempre es reducida.
Se considera que este fenómeno tiene un origen genético (es habitual que sea una ‘habilidad’ compartida con otros familiares cercanos) y se basa en un sueño más eficiente, de forma que en menos tiempo se alcanza la misma proporción de sueño profundo. Para ello también ayuda una mayor facilidad para volver a él tras un microdespertar, porque estos se mantienen, «es un mito que desconectemos durante ocho horas como si estuviésemos anestesiados», explica el doctor Puertas, «nuestro cerebro necesita estar constantemente conectado al entorno, porque si no nos hubiesen devorado los depredadores cuando nos dormíamos».
Por otro lado hemos de tener en cuenta que en el cómputo de horas diarias dedicadas a dormir no cuentan solo las nocturnas, las siestas también suman. El doctor Puertas explica que su origen deriva del sueño polifásico propio de los bebés. Como adultos tenemos un ciclo de 7-8 horas de sueño y 16-17 de vigilia, pero «por debajo de ese ritmo», explica el experto, «persiste el ritmo de 3-4 horas, que son las fases del sueño de la noche y los periodos del día en los que puede entrar un poco de hambre o somnolencia».
Pero por más que sumen al cómputo, los expertos inciden en que en ningún caso las siestas deben considerarse, ni utilizarse, como compensación de la falta de sueño. «Si no hemos dormido suficiente la siesta se hace menos saludable», explica el neurofisiólogo, que considera que la siesta ideal es aquella que dura menos de 30 minutos. Si estamos cansados tendremos la tentación de alargar ese tiempo, «lo que solo le quita el sueño a la noche».
Barrecheguren advierte además de otro peligro que subyace a esta práctica tan nuestra: «es importante que no se conviertan en un hábito, ya que como hábito casi diario durante décadas se ha visto que pueden tener un efecto negativo para la salud, aunque esto está condicionado por la duración de la siesta, edad del paciente, etc.»
Con siestas o sin ellas, lo que está claro es que la privación del sueño no trae nada bueno. «Quitar horas de sueño sin que haya una necesidad física o de búsqueda de alimentación o defensa», advierte el doctor Puertas, «genera una alteración metabólica que hace mucho más peligroso no dormir».
También debemos buscar un sueño de más calidad y para ello es bueno practicar algo de ejercicio ligero (un paseo) a última hora del día, evitar comidas calóricas por la noche, y apagar las pantallas dos horas antes, con la excepción de, por ejemplo, ver una película agradable en la televisión, una pantalla algo menos iluminada y sin necesidad de interacción constante. Y por supuesto, debemos mantener unos horarios regulares durante toda la semana.
La duración adecuada nos la dictará nuestro cuerpo. Ejemplos de éxito los hay a un lado y al otro del espectro, como nos recuerda una anécdota que cita el doctor Puertas: Unamuno, al igual que Einstein, dormía nueve horas diarias, y cuando le preguntaron un día por qué dormía tanto si los genios dormían poco él contestó «mire joven, cuando yo estoy despierto soy más despierto que usted».
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