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  Sociedad  El día que recuerda que el triunfo de la vida surge donde el mundo solo ve derrota: orígenes y secretos del Domingo de Ramos
Sociedad

El día que recuerda que el triunfo de la vida surge donde el mundo solo ve derrota: orígenes y secretos del Domingo de Ramos

30 de marzo de 2026
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El sol de Judea comenzaba a calentar las piedras milenarias de Betfagé y Betania cuando una multitud, movida por un presentimiento sagrado, empezó a agolparse a la vera del camino que conducía a la Ciudad Santa. No era una mañana cualquiera; era el inicio de una secuencia de días que partirían la historia de la humanidad en dos. Aquel domingo, que hoy llamamos de Ramos, no fue solo un desfile triunfal, sino la entrada voluntaria de Jesús al lugar de su condena y muerte, cumpliendo la profecía de Zacarías que anunciaba: “Alégrate mucho, hija de Sión; da voces de júbilo, hija de Jerusalén; he aquí tu rey vendrá a ti, justo y salvador, humilde, y cabalgando sobre un asno, sobre un burro hijo de asna”.

La reconstrucción de lo ocurrido en Jerusalén nos traslada a un escenario de fervor mesiánico. Jesús, que había pasado la noche en casa de sus amigos Lázaro, Marta y María, envió a dos de sus discípulos con una orden precisa: hallar una burra atada y un burrito con ella. El gesto no era casual. En el mundo antiguo, un rey que entraba montado a caballo lo hacía para la guerra, pero quien lo hacía sobre un asno venía en son de paz. San Mateo nos relata que, al pasar el Maestro, «la multitud, que era muy numerosa, tendía sus mantos en el camino; y otros cortaban ramas de los árboles, y las tendían en el camino». Era el recibimiento de un monarca, un reconocimiento público de su linaje davídico. Los gritos de “¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor!” retumbaban en las murallas, provocando el recelo de los fariseos y la inquietud de los romanos, que veían en ese hombre de Galilea una chispa capaz de incendiar el polvorín político de la ocupación.

Este domingo es el pórtico de la Semana Santa, el tiempo en que el cristianismo se detiene a contemplar el misterio de su propia esencia. Para el creyente, estas jornadas no son una mera conmemoración histórica o un ejercicio de nostalgia piadosa, sino una actualización del misterio de la Redención. La Semana Santa es la respuesta de Dios al drama del pecado y la muerte. Es el tránsito de la oscuridad a la luz, donde se verifica lo escrito en el Evangelio de San Juan: «Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, más tenga vida eterna». En cada rito, en cada procesión y en el silencio del Triduo Pascual, el cristiano busca identificarse con los padecimientos de Cristo para poder participar también de su gloria.

Domingo de Ramos MéxicoDomingo de Ramos de 2025 en Ciudad de México (Magdalena Montiel /Cuartoscuro.com)

La importancia de estos días radica en que resumen la totalidad del mensaje evangélico. San Pablo, en su carta a los Filipenses, describe este camino de humillación y exaltación que comienza hoy: «Se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz». Por eso, el Domingo de Ramos es agridulce; las palmas que hoy se agitan con alegría son las mismas que, pocos días después, se convertirán en el madero de la ejecución. Es la paradoja de la fe: el triunfo de la vida surge precisamente allí donde el mundo solo ve derrota.

Hoy, al bendecir los ramos de olivo o palma en nuestras iglesias, repetimos el gesto de aquellos habitantes de Jerusalén, reconociendo que el Reino de este Rey no es de este mundo, pero que su soberanía sobre el corazón humano es absoluta. La Semana Santa se convierte así en un espejo donde el hombre se mira para descubrir su propia fragilidad y, al mismo tiempo, su infinita dignidad rescatada por la sangre de un Dios que eligió no bajarse de la cruz para que todos pudiéramos subir al cielo. Es el tiempo de recordar que «él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados», como profetizó Isaías siglos antes de que aquel pollino cruzara las puertas de la ciudad bajo una lluvia de ramas y esperanzas.

Aquella entrada en Jerusalén, que las crónicas evangélicas detallan con una precisión casi cinematográfica, escondía tras el clamor popular una tensión teológica profunda. Mientras los niños trepaban a los sicomoros para ver pasar al Rabí y los ancianos lloraban de emoción creyendo que la liberación política de Roma estaba a la mano, Jesús guardaba un silencio sepulcral. Él sabía que el mismo “Hosanna” que hoy endulzaba el aire, se transformaría en el ríspido “Crucifícalo” antes de que la luna de Nisán completara su ciclo. La reconstrucción de aquel trayecto desde el Monte de los Olivos hasta el Templo nos revela a un hombre que camina conscientemente hacia el altar del mundo. San Lucas nos dice que, al ver la ciudad, Jesús lloró sobre ella, anticipando que sus habitantes no habían reconocido “el tiempo de su visitación”. Aquellas lágrimas son el contrapunto humano a la gloria divina que los ramos pretendían honrar; un recordatorio de que la Semana Santa es, ante todo, el relato de un amor que no es correspondido en la misma medida en que se entrega.

Al bendecir los ramos de olivo o palma repetimos el gesto de aquellos habitantes de Jerusalén, quienes cortaban ramas de árboles y las tendían en el camino para recibir a Jesús (Gentileza ACI Prensa)Al bendecir los ramos de olivo o palma repetimos el gesto de aquellos habitantes de Jerusalén, quienes cortaban ramas de árboles y las tendían en el camino para recibir a Jesús (Gentileza ACI Prensa)

Para el mundo cristiano, la Semana Santa representa el eje sobre el cual gira toda la existencia. Sin estos días, la fe sería apenas una filosofía ética o un código de buena conducta. San Pablo lo dejó sellado para la posteridad en su primera carta a los Corintios: “… si Cristo no resucitó, vana es entonces nuestra predicación, vana es también vuestra fe”. Por ello, el Domingo de Ramos no es un evento aislado, sino el inicio de una inmersión en la profundidad de la condición humana y divina. Es el momento en que el creyente se pregunta qué tipo de ramo sostiene en su mano: si es el del compromiso efímero que se marchita al primer frío de la prueba, o si es un ramo de la victoria que se mantiene firme incluso al pie de la cruz. La Semana Santa es la gran pedagogía de Dios, donde se nos enseña que el dolor no tiene la última palabra y que el sacrificio por el prójimo es la única vía hacia la verdadera libertad.

La mística de estos días también nos invita a reflexionar sobre la soledad del Mesías. A pesar de estar rodeado de una multitud enfervorizada, Jesús comienza este domingo un camino de progresivo aislamiento. Los discípulos no terminarán de comprender la magnitud de lo que está por ocurrir, y las autoridades ven en él un peligro para el statu quo. En este contexto, la Semana Santa se convierte en un refugio para el alma atribulada, recordándonos las palabras de hebreos: “Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado”. Entrar en la Semana Santa es, en definitiva, aceptar la invitación a caminar junto a Alguien que conoce perfectamente el peso de nuestras cruces cotidianas.

Finalmente, al caer la tarde de aquel primer Domingo de Ramos, cuando el eco de los vítores se fue apagando y el polvo del camino se asentó sobre las túnicas, quedó latente una promesa que hoy sigue vigente para millones de personas. La conmemoración de la Pasión, Muerte y Resurrección es el recordatorio anual de que la esperanza no es una ilusión vana. La liturgia que hoy iniciamos con ramos en alto no es un simulacro, sino una declaración de principios: en un mundo sediento de sentido y agobiado por la finitud, el cristiano levanta su ramo para anunciar que la Vida ha vencido a la muerte, y que aquel humilde jinete que entró en Jerusalén sobre un asno sigue cabalgando hoy por las avenidas de la historia, llamando a la puerta de cada corazón que se atreva a decir, una vez más, «Bendito el que viene en nombre del Señor». ¡Muy feliz domingo de Ramos para todos!

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Fuente: Infobae

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El sol de Judea comenzaba a calentar las piedras milenarias de Betfagé y Betania cuando una multitud, movida por un presentimiento sagrado, empezó a agolparse a la vera del camino que conducía a la Ciudad Santa. No era una mañana cualquiera; era el inicio de una secuencia de días que partirían la historia de la humanidad en dos. Aquel domingo, que hoy llamamos de Ramos, no fue solo un desfile triunfal, sino la entrada voluntaria de Jesús al lugar de su condena y muerte, cumpliendo la profecía de Zacarías que anunciaba: “Alégrate mucho, hija de Sión; da voces de júbilo, hija de Jerusalén; he aquí tu rey vendrá a ti, justo y salvador, humilde, y cabalgando sobre un asno, sobre un burro hijo de asna”.

La reconstrucción de lo ocurrido en Jerusalén nos traslada a un escenario de fervor mesiánico. Jesús, que había pasado la noche en casa de sus amigos Lázaro, Marta y María, envió a dos de sus discípulos con una orden precisa: hallar una burra atada y un burrito con ella. El gesto no era casual. En el mundo antiguo, un rey que entraba montado a caballo lo hacía para la guerra, pero quien lo hacía sobre un asno venía en son de paz. San Mateo nos relata que, al pasar el Maestro, «la multitud, que era muy numerosa, tendía sus mantos en el camino; y otros cortaban ramas de los árboles, y las tendían en el camino». Era el recibimiento de un monarca, un reconocimiento público de su linaje davídico. Los gritos de “¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor!” retumbaban en las murallas, provocando el recelo de los fariseos y la inquietud de los romanos, que veían en ese hombre de Galilea una chispa capaz de incendiar el polvorín político de la ocupación.

Este domingo es el pórtico de la Semana Santa, el tiempo en que el cristianismo se detiene a contemplar el misterio de su propia esencia. Para el creyente, estas jornadas no son una mera conmemoración histórica o un ejercicio de nostalgia piadosa, sino una actualización del misterio de la Redención. La Semana Santa es la respuesta de Dios al drama del pecado y la muerte. Es el tránsito de la oscuridad a la luz, donde se verifica lo escrito en el Evangelio de San Juan: «Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, más tenga vida eterna». En cada rito, en cada procesión y en el silencio del Triduo Pascual, el cristiano busca identificarse con los padecimientos de Cristo para poder participar también de su gloria.

Domingo de Ramos MéxicoDomingo de Ramos de 2025 en Ciudad de México (Magdalena Montiel /Cuartoscuro.com)

La importancia de estos días radica en que resumen la totalidad del mensaje evangélico. San Pablo, en su carta a los Filipenses, describe este camino de humillación y exaltación que comienza hoy: «Se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz». Por eso, el Domingo de Ramos es agridulce; las palmas que hoy se agitan con alegría son las mismas que, pocos días después, se convertirán en el madero de la ejecución. Es la paradoja de la fe: el triunfo de la vida surge precisamente allí donde el mundo solo ve derrota.

Hoy, al bendecir los ramos de olivo o palma en nuestras iglesias, repetimos el gesto de aquellos habitantes de Jerusalén, reconociendo que el Reino de este Rey no es de este mundo, pero que su soberanía sobre el corazón humano es absoluta. La Semana Santa se convierte así en un espejo donde el hombre se mira para descubrir su propia fragilidad y, al mismo tiempo, su infinita dignidad rescatada por la sangre de un Dios que eligió no bajarse de la cruz para que todos pudiéramos subir al cielo. Es el tiempo de recordar que «él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados», como profetizó Isaías siglos antes de que aquel pollino cruzara las puertas de la ciudad bajo una lluvia de ramas y esperanzas.

Aquella entrada en Jerusalén, que las crónicas evangélicas detallan con una precisión casi cinematográfica, escondía tras el clamor popular una tensión teológica profunda. Mientras los niños trepaban a los sicomoros para ver pasar al Rabí y los ancianos lloraban de emoción creyendo que la liberación política de Roma estaba a la mano, Jesús guardaba un silencio sepulcral. Él sabía que el mismo “Hosanna” que hoy endulzaba el aire, se transformaría en el ríspido “Crucifícalo” antes de que la luna de Nisán completara su ciclo. La reconstrucción de aquel trayecto desde el Monte de los Olivos hasta el Templo nos revela a un hombre que camina conscientemente hacia el altar del mundo. San Lucas nos dice que, al ver la ciudad, Jesús lloró sobre ella, anticipando que sus habitantes no habían reconocido “el tiempo de su visitación”. Aquellas lágrimas son el contrapunto humano a la gloria divina que los ramos pretendían honrar; un recordatorio de que la Semana Santa es, ante todo, el relato de un amor que no es correspondido en la misma medida en que se entrega.

Al bendecir los ramos de olivo o palma repetimos el gesto de aquellos habitantes de Jerusalén, quienes cortaban ramas de árboles y las tendían en el camino para recibir a Jesús (Gentileza ACI Prensa)Al bendecir los ramos de olivo o palma repetimos el gesto de aquellos habitantes de Jerusalén, quienes cortaban ramas de árboles y las tendían en el camino para recibir a Jesús (Gentileza ACI Prensa)

Para el mundo cristiano, la Semana Santa representa el eje sobre el cual gira toda la existencia. Sin estos días, la fe sería apenas una filosofía ética o un código de buena conducta. San Pablo lo dejó sellado para la posteridad en su primera carta a los Corintios: “… si Cristo no resucitó, vana es entonces nuestra predicación, vana es también vuestra fe”. Por ello, el Domingo de Ramos no es un evento aislado, sino el inicio de una inmersión en la profundidad de la condición humana y divina. Es el momento en que el creyente se pregunta qué tipo de ramo sostiene en su mano: si es el del compromiso efímero que se marchita al primer frío de la prueba, o si es un ramo de la victoria que se mantiene firme incluso al pie de la cruz. La Semana Santa es la gran pedagogía de Dios, donde se nos enseña que el dolor no tiene la última palabra y que el sacrificio por el prójimo es la única vía hacia la verdadera libertad.

La mística de estos días también nos invita a reflexionar sobre la soledad del Mesías. A pesar de estar rodeado de una multitud enfervorizada, Jesús comienza este domingo un camino de progresivo aislamiento. Los discípulos no terminarán de comprender la magnitud de lo que está por ocurrir, y las autoridades ven en él un peligro para el statu quo. En este contexto, la Semana Santa se convierte en un refugio para el alma atribulada, recordándonos las palabras de hebreos: “Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado”. Entrar en la Semana Santa es, en definitiva, aceptar la invitación a caminar junto a Alguien que conoce perfectamente el peso de nuestras cruces cotidianas.

Finalmente, al caer la tarde de aquel primer Domingo de Ramos, cuando el eco de los vítores se fue apagando y el polvo del camino se asentó sobre las túnicas, quedó latente una promesa que hoy sigue vigente para millones de personas. La conmemoración de la Pasión, Muerte y Resurrección es el recordatorio anual de que la esperanza no es una ilusión vana. La liturgia que hoy iniciamos con ramos en alto no es un simulacro, sino una declaración de principios: en un mundo sediento de sentido y agobiado por la finitud, el cristiano levanta su ramo para anunciar que la Vida ha vencido a la muerte, y que aquel humilde jinete que entró en Jerusalén sobre un asno sigue cabalgando hoy por las avenidas de la historia, llamando a la puerta de cada corazón que se atreva a decir, una vez más, «Bendito el que viene en nombre del Señor». ¡Muy feliz domingo de Ramos para todos!

Fuente: Infobae

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Etiquetas: semana santa

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