El director de la Organización Mundial de la Salud llegó el pasado jueves a Kinsasa, la capital de la República Democrática del Congo para comprobar de primera mano todos los esfuerzos que se están desplegando contra el excepcional brote de ébola que tiene visos de convertirse en uno de los más grandes de la historia .»Venir aquí es realmente mostrarle a la comunidad que no está sola», subrayó Tedros Adhanom Ghebreyesus, director general de la OMS, a su llegada a un país que lidia con una explosión de casos mientras se enfrenta a la falta de recursos y a los conflictos armados.
Un virus infrecuente, la rápida explosión de casos y un lugar remoto y hostil como epicentro del brote. En esta ocasión hay muchos ingredientes para provocar una crisis internacional de salud pública, pero los matices son importantes
El director de la Organización Mundial de la Salud llegó el pasado jueves a Kinsasa, la capital de la República Democrática del Congo para comprobar de primera mano todos los esfuerzos que se están desplegando contra el excepcional brote de ébola que tiene visos de convertirse en uno de los más grandes de la historia .»Venir aquí es realmente mostrarle a la comunidad que no está sola», subrayó Tedros Adhanom Ghebreyesus, director general de la OMS, a su llegada a un país que lidia con una explosión de casos mientras se enfrenta a la falta de recursos y a los conflictos armados.
El pasado 17 de mayo, poco más de 10 días después de haber recibido la primera alerta por un incipiente brote de ébola, la OMS declaró la emergencia internacional de salud pública. Lo hizo tan rápido que ni siquiera esperó las recomendaciones de su comité de expertos. Más que a la explosión de casos en sí o al hecho de que el brote tenga un ritmo de crecimiento inusualmente alto, la decisión se tomó tras la constatación de que el tiempo jugaba en contra de su control.
Según las investigaciones, el primer caso detectado corresponde a un sanitario, un diagnóstico que se produjo a casi 100 km de uno de los epicentros de este brote. Es decir, que como mínimo había transcurrido el tiempo de incubación y enfermedad de su paciente y posterior incubación y enfermedad del sanitario antes de que saltase ninguna alarma. Eso deja un hueco de varias semanas sin control ni vigilancia, un espacio en el que el virus ha podido propagarse por debajo del radar.
Las últimas cifras indican que hasta el momento se han registrado 1038 casos sospechosos y 241 muertes debido al ébola (fundamentalmente en República Democrática del Congo, excepto siete casos y una muerte contabilizados en Uganda).
Así que la pregunta evidente, cuya respuesta también nos ayudará a medir parte de la magnitud de este brote, es ¿cómo ha podido pasar desapercibido en países ‘acostumbrados’ al ébola? Este es el brote número 17 para la República Democrática del Congo, aunque es cierto que la situación actual del país y el origen concreto de los casos han sido dos de los factores determinantes para explicar el brote.
«Es una zona muy compleja, en primer lugar porque lleva en conflicto mucho tiempo y el sistema de salud está súper debilitado», explicaba hace unos días a este periódico Miriam Alía, responsable de vacunas y respuesta a epidemias de MSF España. Según sus palabras, tanto los sistemas de vigilancia epidemiológica como el acceso general a la atención sanitaria son muy deficitarios. «Es una zona donde vemos constantemente epidemias, por ejemplo de cólera o sarampión», subraya.
Otra de las causas radica en las características del protagonista del brote, el virus. Aunque no se trata de un virus nuevo o una mutación inédita, lo cierto es que es el invitado inesperado. El virus Bundibugyo es probablemente el menos letal de todos (aunque sigue teniendo una elevada mortalidad) pero también es el ‘hermano’ al que nadie ha hecho mucho caso hasta ahora y para el que tampoco se han preparado recursos específicos. Muestra de ello son los test diagnósticos orientados al virus Zaire, el más común, que causaron ‘falsos negativos’ en este brote contribuyendo al retraso de la alerta.
Se conocen dos brotes anteriores provocados por esa variante, uno detectado en Uganda en 2007 y otro en la República Democrática del Congo en 2012, con una tasa de letalidad que osciló entre el 30% y el 50%.
El último brote causado por el virus de Bundibugyo ocurrió entre el 17 de agosto y el 26 de noviembre de 2012 en la provincia Orientale de la República Democrática del Congo, con un total de 59 casos (38 confirmados y 21 probables), incluyendo 34 fallecimientos.
El principal problema con esta variante radica en que, al contrario de lo que pasa con la especie Zaire, no existe ni vacuna ni tratamiento específico para hacerle frente.
En ese sentido, un comité de expertos convocado por la OMS recomendó el pasado viernes la utilización de varias posibles alternativas terapéuticas en el marco de ensayos clínicos.
Como posibles tratamientos los expertos indican la posibilidad de utilizar los anticuerpos monoclonales MBP134 y Maftivimab, así como el antiviral remdesivir. La combinación de ambos abordajes también se plantea como posibilidad terapéutica.
Remdesivir, un viejo conocido para los expertos en enfermedades infecciosas, es «una molécula diseñada contra los filovirus que evita la replicación del virus», explica Luis Buzón, portavoz de la Sociedad Española de Enfermedades Infecciosas y Microbiología Clínica (SEIMC), que recuerda que el tratamiento ya se empleó contra el SARS-CoV-2, «aunque no era un patógeno similar, sí que compartía mecanismos de reproducción similares, por lo que era eficaz».
El citado comité también aconseja usar el antiviral oral obeldesivir como tratamiento de profilaxia postexposición al virus, para prevenir posibles casos antes de que la infección dé la cara, si bien esta estrategia «depende de un rastreo de contactos efectivo, lo que sigue siendo todo un desafío en alguna de las áreas afectadas», reconoce la OMS en un comunicado.
Los expertos adelantan que la vacuna más prometedora frente al virus que ha provocado este brote es la denominada rVSV Bundibugyo, desarrollada por la Iniciativa IAVI, aunque el desarrollo completo de esta inmunización requiere al menos «entre siete y nueve meses de trabajo». Otra candidata, la llamada ChAdOx2 Bundibugyo, desarrollada por la Universidad de Oxford, «podría estar disponible en dos o tres meses para su evaluación en un ensayo clínico», señalan, aunque todavía se requieren datos en ensayos en animales antes de considerarla una candidata a priorizar.
Por último, los expertos también indican el potencial papel de la vacuna Ervebo, la única inmunización contra el ébola que existe y que se desarrolló frente a otra variante del virus, la denominada Zaire. En este caso, podría proporcionar cierta protección cruzada frente a este brote, aunque todavía no hay suficientes datos para sacar conclusiones definitivas al respecto.
Además de la falta de tratamientos y vacunas específicos, el último eslabón de esta cadena de mala fortuna es mucho más doloroso por lo evitable: el contexto geopolítico y económico, que ha llevado a una progresiva falta de financiación e interés en la prevención y el estudio de enfermedades como esta y que al final supone un claro calvo de cultivo para nuevas epidemias y potenciales pandemias.
Según la Junta Mundial de Monitoreo de la Preparación (GPMB por sus siglas en inglés), un organismo independiente, «la desconfianza hacia la ciencia, los ataques a los expertos y la tensión geopolítica están debilitando la preparación mundial ante futuras pandemias». El número de alertas sanitarias se incrementa año a año, los brotes de enfermedades infecciosas cada vez son más frecuentes y mortales, y, la experiencia reciente de una pandemia lejos de «hacernos mejores» nos ha dejado «más pobres, más desiguales y más divididos».
En el caso concreto del ébola, la falta de financiación de países como EEUU se hace notar. En la epidemia de África Occidental de 2014-2016 la USAID, ahora cerrada, fue clave en la formación de la comunidad para realizar prácticas seguras en el enterramiento de los afectados, al igual que para establecer cribados en aeropuertos.
Y lo mismo sucede con la investigación: EEUU contaba, en su Instituto Nacional de Salud (NIH), con uno de los pocos laboratorios del mundo en el que se puede estudiar el virus del ébola. En marzo del año pasado, RFK Jr lo cerró.
Por todos estos motivos la OMS decide declarar la emergencia internacional, poniendo el foco en la necesidad de mayor cooperación y financiación para frenar este brote. Y será la tercera vez que lo haga por el ébola.
La respuesta a esta medida ha de venir en forma de ayuda, pero también han surgido las primeras prohibiciones de viaje (EEUU) a quienes procedan de países afectados. Es cierto que el fantasma de la epidemia de 2014-2016, que dejó casos importados en EEUU, España, Italia y Reino Unido, sigue ahí, pero esta medida es más política que práctica. Y por la dimensión actual del brote la OMS la considera innecesaria.
De hecho el Mundial de Fútbol, que será punto de reunión de múltiples países, se celebrará en solo unos días en EEUU, y la selección de la República Democrática del Congo ya tiene todo dispuesto para viajar el 11 de junio. Los cribados en aeropuertos de origen y destino serán más importantes y rigurosos, pero a priori no hay mayor riesgo del habitual en eventos de este tipo. No está de más recordar que el mayor brote hasta la fecha, el de 2014, coincidió también con un Mundial, el de Brasil.
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