La metáfora es una herramienta imprescindible para explorar lo desconocido. Tras los triunfos de las revoluciones científica e industrial, la metáfora del cuerpo como una máquina iluminó el misterio de los organismos vivos e hizo analizables los mecanismos que posibilitan la vida o que explican la enfermedad. El análisis aislado de los procesos vitales, como si fuesen circuitos y piezas de un artefacto, ha permitido entender cómo una hormona como la insulina regula el azúcar en la sangre o por qué la hipertensión es tan peligrosa para el sistema cardiovascular, salvando muchas vidas por el camino. Y la capacidad para reducir el cuerpo a elementos comprensibles ha hecho posibles descubrimientos que parecían imposibles cuando el cuerpo era un todo enigmático e inabarcable.
Un estudio muestra que los medicamentos han logrado que las personas con obesidad tengan el colesterol y la tensión en niveles saludables
La metáfora es una herramienta imprescindible para explorar lo desconocido. Tras los triunfos de las revoluciones científica e industrial, la metáfora del cuerpo como una máquina iluminó el misterio de los organismos vivos e hizo analizables los mecanismos que posibilitan la vida o que explican la enfermedad. El análisis aislado de los procesos vitales, como si fuesen circuitos y piezas de un artefacto, ha permitido entender cómo una hormona como la insulina regula el azúcar en la sangre o por qué la hipertensión es tan peligrosa para el sistema cardiovascular, salvando muchas vidas por el camino. Y la capacidad para reducir el cuerpo a elementos comprensibles ha hecho posibles descubrimientos que parecían imposibles cuando el cuerpo era un todo enigmático e inabarcable.
Sin embargo, no es recomendable confundir las metáforas con la realidad ni encariñarse demasiado con ellas, porque igual que desvelan, pueden ocultar. Aunque hablemos de los cuerpos como ordenadores que contienen información y la transcriben para producir proteínas y todo lo demás, una célula no está compuesta por módulos estandarizados y reemplazables que ejecutan un programa de manera secuencial. Miles de procesos suceden a la vez, con infinidad de lo que serían errores para una máquina, pero son normales en un ser vivo, amalgamado durante millones de años de evolución a partir de organismos imperfectos.
Los presidentes de Rusia y China se dejaban llevar hace un año por la metáfora y comentaban si, gracias a los trasplantes, como quien trae de Alemania la pieza gastada del coche, podrían vivir hasta los 150 años. No funciona así.
Esta forma de entender el cuerpo y la existencia ha ofrecido grandes éxitos en medicina, pero también puede convertirse en un lastre. Recientemente, un artículo publicado por la revista The Lancet mostraba parte del éxito y de la limitación de esta forma de ver la salud que convierte al humano en una máquina y sus problemas vitales en parámetros medibles que se pueden gestionar con pastillas.
El trabajo, liderado por investigadores del Imperial College London (Reino Unido), revela que, desde 1990, las diferencias en presión arterial y niveles de colesterol entre mayores de 40 años y personas con un índice de masa corporal (IMC) normal se han reducido o han desaparecido en varios países de ingresos altos.
En el mundo industrial de la comida procesada, los disruptores endocrinos y las escaleras mecánicas, la prevalencia de la obesidad se ha duplicado en las últimas tres décadas, empeorando la salud cardiovascular, en particular por el aumento de la presión arterial y el colesterol. Pero aunque la civilización de la máquina quita, también da. Aunque el estudio es observacional y no puede asegurar que esa sea la causa, atribuye la mejora al uso más frecuente e intensivo de medicamentos para reducir el colesterol, como las estatinas, y de fármacos antihipertensivos. El resultado fue aún más llamativo entre los mayores de 60 años en Inglaterra y Estados Unidos, donde las personas con obesidad llegaron a presentar niveles similares o incluso mejores que los delgados.
La situación es distinta en los menores de 40 años. En este grupo, las diferencias de riesgo cardiovascular entre personas con obesidad y peso normal apenas se redujeron, coincidiendo con un menor uso de medicación preventiva. Aunque los tratamientos han reducido parte del riesgo cardiovascular asociado a la obesidad, los expertos advierten de que esta sigue teniendo importantes consecuencias para la salud y requiere seguir prestándole atención.
El estudio no ha intentado comprobar si esos mejores resultados en los análisis se corresponden con menor riesgo de infartos, ictus o mortalidad o si incrementa la esperanza de vida saludable y plantea una pregunta sobre los límites de reducir la salud a parámetros medibles: ¿cuando conseguimos normalizar los números, estamos consiguiendo que las personas estén sanas o solo que su analítica se parezca a la de una persona que lo está? Hay estudios que muestran que bajar la presión arterial es beneficioso, aunque no se ataque a la raíz del problema, pero los expertos advierten de que estos resultados no deben transmitir la idea de que la obesidad ya es inocua.
En un artículo que se publicó junto al estudio en The Lancet, Yuan Lu, de la Universidad de Yale, advierte de que la obesidad sigue estando relacionada con la diabetes, la enfermedad renal crónica, la enfermedad por hígado graso, el cáncer, los trastornos del sueño, las afecciones musculoesqueléticas y la inflamación sistémica, muchas de las cuales no se reflejan únicamente en la presión arterial o en los niveles de colesterol no HDL (el malo). “Estos hallazgos no deben interpretarse como una prueba de que la obesidad se haya vuelto una condición inocua. Más bien, sugieren que algunas de las consecuencias cardiovasculares de la obesidad están siendo cada vez más mitigadas mediante el tratamiento y el manejo médico”, concluye.
Andreea Ciudin, coordinadora de la Unidad de Tratamiento Integral de la Obesidad del Hospital Universitario Vall d’Hebron, recuerda los resultados de un estudio que realizaron en su hospital para conocer las expectativas de médicos y pacientes respecto a la enfermedad. “Era algo que sospechábamos, pero vimos que nuestros intereses no están alineados. Nosotros estamos muy centrados en números y objetivos, en bajar la presión, la glucosa, el colesterol. Y los pacientes piensan más en lo que pueden hacer, en poder moverse o disfrutar de su familia”, explica.
“Con la diabetes, hace muchísimos años, cambiamos el objetivo de bajar la hemoglobina glicada por darle calidad de vida al paciente y evitar las complicaciones de la diabetes; en obesidad tenemos que dar ese salto”, señala Cristóbal Morales, endocrino del Hospital Vithas de Sevilla, que añade: “Yo quemaría los pesos de las consultas, porque el objetivo no es bajar peso sino ganar salud”. “Con la obesidad, no debemos confundir lo medible con lo importante y no perder de vista los intereses del paciente, la calidad de vida y la funcionalidad”, añade Ciudin.
Otro problema de fijar objetivos basándose en mediciones y fármacos para arreglar los resultados de analíticas es que esa fragmentación acaba con los pacientes tomando muchísima medicación. “Quizá el nefrólogo da antihipertensivos para reducir el riesgo renal y el cardiólogo estatinas para el riesgo cardiovascular. Con esa estrategia fragmentada, en la que nadie ve al paciente en su conjunto, existe un riesgo de dar medicamentos que no son necesarios”, continúa Ciudin.
Morales recuerda que, aunque haya marcadores como la hipertensión que es importante controlar, la raíz de la obesidad y los problemas metabólicos asociados es profunda y existe el riesgo de enmascarar su origen con los medicamentos. “Antes solo mirábamos los kilos, pero ahora tengo una visión más global mirando marcadores, composición corporal, inflamación…”, señala. “Tenemos que ir a tratar las raíces del problema, que son biológicas, ambientales y conductuales, y debemos hacerlo cuanto antes, desde el vientre materno, porque en la enfermedad metabólica, como cuando hablamos de ictus, el tiempo es oro”, remacha. Esto requiere, además de mejores fármacos, cambios políticos que faciliten una buena alimentación o una actividad física adecuada integrada en el día a día.
Ciudin añade que también hay que tener cuidado con interpretar la separación entre normalidad y patología con un parámetro como el índice de masa corporal (IMC), que utilizan los autores del artículo de The Lancet. “Puedes tener un IMC muy alto sin complicación metabólica, porque tu grasa es básicamente subcutánea y tienes buena masa muscular, y puede pasar lo contrario, porque tienes un exceso de grasa visceral”, explica.
La aspiración de los médicos ahora es identificar las rutas comunes que comparten distintas enfermedades, que muchas veces surgen de interacciones complejas dentro de los sistemas biológicos y no solo de anomalías moleculares aisladas. Un ejemplo de las posibilidades de este enfoque son los agonistas del GLP-1. Aunque fuesen diseñados para controlar la glucosa de los diabéticos, resultó que participan en mecanismos biológicos que pueden manifestarse como obesidad en unas personas, insuficiencia cardiaca en otras o enfermedad renal en otras. Comprender estas rutas comunes haría posibles tratamientos menos sintomáticos, no tan centrados en anomalías moleculares aisladas y más eficaces.
Y entretanto, sería conveniente buscar nuevas metáforas para alcanzar el siguiente nivel de comprensión. El divulgador británico Philip Ball propone abandonar la idea del cuerpo como un ordenador y empezar a pensar en las células como entes con intenciones e intereses, como los humanos que habitan y a veces pierden de vista el sentido de sus esfuerzos para que les den bien los análisis.
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