<p>Hace unas semanas, un estudio en <a href=»https://dx.doi.org/10.1126/science.adz1187″ target=»_blank»><i>Science</i></a> publicaba que <a href=»https://www.elmundo.es/ciencia-y-salud/salud/2026/01/29/697b505721efa01c728b4570.html» target=»_blank»>la longevidad es una herencia que recibimos de nuestros padres y abuelos</a>. Ahora, la misma editorial, a través de la revista <a href=»https://www.science.org/doi/10.1126/sciadv.ads7559″ target=»_blank»><i>Science Advances</i></a>, ofrece las claves para una mayor esperanza de vida a través de la alimentación. Es decir, la dieta también actúa como un escudo epigenético.</p>
Un estudio en ‘Science Advances’ revela los patrones alimenticios que actúan como escudos epigenéticos: la nutrición no cambia los genes, pero sí modifica cómo el cuerpo «lee» esa información
Hace unas semanas, un estudio en Science publicaba que la longevidad es una herencia que recibimos de nuestros padres y abuelos. Ahora, la misma editorial, a través de la revista Science Advances, ofrece las claves para una mayor esperanza de vida a través de la alimentación. Es decir, la dieta también actúa como un escudo epigenético.
En otras palabras: la nutrición no cambia tus genes, pero sí modifica cómo tu cuerpo «lee» esa información. No obstante, no cualquier hábito es válido; aquí la dieta mediterránea se posiciona como una herramienta clave, según las conclusiones de un grupo internacional de investigadores de instituciones de prestigio en China, Reino Unido, Australia y EE. UU.
Tras ajustar múltiples factores, un patrón alimentario más saludable se asoció con un menor riesgo de mortalidad de entre un 18% y un 24%. Estos porcentajes se traducen en una ganancia de entre 1,5 y 2,3 años para las mujeres, y de entre 1,9 y 3 años para los hombres a la edad de 45 años. Estas asociaciones son sólidas independientemente de la presencia o no de genes relacionados con la longevidad.
Asimismo, se analizó el impacto a los 50, 55 y 60 años, pero no se observaron cambios significativos. Sin embargo, a los 80 años sí hay un reflejo, ya que la calidad de la dieta sigue sumando tiempo de vida: aproximadamente dos años en hombres y uno en mujeres. En estas edades, el riesgo de muerte por causas respiratorias o cáncer sigue siendo modificable mediante la nutrición
En nuestro país, cabe recordar que hay más de 17.000 personas centenarias; actualmente, el 20,1% de la población española supera los 65 años y la esperanza de vida alcanza los 84 años de media. Como refleja el último Informe Anual del Consumo Alimentario, en la cesta de la compra nacional se mantiene la influencia de la dieta mediterránea, aunque en los últimos años ha disminuido la elección de algunos de los productos fundamentales, como el pescado.
En cuanto al trabajo científico, se realizó un análisis estadístico de los datos de 103.649 participantes del Biobanco del Reino Unido (UK Biobank), a los que se siguió durante una media de una década. Se evaluaron las cinco dietas más saludables con impacto probado en la mortalidad: el Índice de Alimentación Saludable Alternativo, la dieta mediterránea, el índice de dieta basada en plantas saludable, los enfoques dietéticos para frenar la hipertensión y la dieta de reducción del riesgo de diabetes.
Esther López García, catedrática de Medicina Preventiva y Salud Pública de la Universidad Autónoma de Madrid y miembro del Grupo de Nutrición de la Sociedad Española de Epidemiología, destaca el leitmotiv de este trabajo: «Intenta responder a la pregunta clásica sobre si los estilos de vida, en particular la dieta, son capaces de modificar nuestra predisposición genética a ser más longevos». La experta subraya, en declaraciones recogidas por el SMC España, que «se pone de manifiesto la relevancia de la dieta saludable para conseguir una vida más larga».
Sin embargo, Dolores Corella, investigadora del CIBEROBN y catedrática de la Universidad de Valencia, asegura que no se trata de un estudio «tan novedoso», pues «son muchas las investigaciones realizadas sobre este tema que ya demuestran que las dietas saludables, como la mediterránea, contribuyen a una mayor esperanza de vida».
El estudio calcula la ganancia de vida a partir de esta edad por ser el punto de inflexión donde las enfermedades crónicas no transmisibles (diabetes, cardiovasculares) suelen manifestarse. Ganar hasta tres años de vida en este punto es estadísticamente masivo para una intervención no farmacológica.
Los dos patrones dietéticos que destacaron fueron la dieta antidiabética y la dieta mediterránea. Ambas eran significativas, incluso, cuando se las evaluó junto a los factores genéticos. «Estos son importantes en su impacto en la mortalidad, junto con factores ambientales como la dieta», reconocen los autores. Sin embargo, estos datos indican que el patrón alimentario saludable es beneficioso independientemente de si las personas portan genes de longevidad.
También se identifican consejos prácticos para la cesta de la compra. Así, se invita a reemplazar carnes rojas y procesadas por frutos secos, legumbres o aves (pollo y pavo). Y a eliminar las bebidas azucaradas, responsables de los «azúcares líquidos».
Otro de los consejos es priorizar alimentos con alta densidad de fibra (legumbres, granos integrales, frutas enteras) sobre las opciones refinadas. La fibra mejora la salud del microbioma y reduce los picos de glucosa en sangre. En resumen: no se trata solo de comer más verdura, sino de qué dejamos de comer para dejarle espacio.
Para Fernando Rodríguez Artalejo, seguir una dieta mediterránea de forma óptima consiste en «comer bastantes frutas y verduras, preferir los cereales integrales frente a los refinados, y consumir proteínas principalmente de origen vegetal, minimizando el consumo de bebidas azucaradas y otros productos procesados». El profesor de Medicina Preventiva y Salud Pública en la UAM e investigador de CIBERESP e IMDEA Food sostiene que sí se puede lograr ese aumento de la esperanza de vida de hasta tres años en las personas de 45 años.
Este experto señala otros puntos clave: «Nunca es tarde para mejorar la dieta» y que «si no es posible seguir una dieta óptima, mejorarla un poco es mejor que nada». En el trabajo se apunta que incluso a los 80 años, una dieta saludable se asocia a una ganancia de hasta dos años de vida en hombres y un año en mujeres.
Rodríguez Artalejo también plantea nuevos retos a los investigadores, dado que el siguiente paso sería extraer «qué parte de esta ganancia en la esperanza de vida se produce en un buen estado de salud».
Aquí, Corella aporta que «lo más importante actualmente es que podamos tener una esperanza de vida libre de enfermedad, es decir, que las personas de edad avanzada estén saludables y no tengan un consumo de fármacos elevado». Por ello, la investigadora comenta cómo la dieta, sumada a la actividad física, el sueño saludable y el no fumar, contribuye a una vida más extensa y con calidad.
Finalmente, los investigadores concluyen que si la dieta funciona incluso para quienes tienen «malos genes», las políticas gubernamentales para subsidiar alimentos saludables son la intervención con mayor retorno de inversión posible para combatir el estancamiento global de la esperanza de vida.
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