Un informe del semanario británico The Economist, basado en datos de la OCDE, encendió las alarmas al revelar que un número creciente de estudiantes ingresa a la educación superior sin las competencias básicas necesarias para tener éxito académico
Esta situación no se limita a instituciones de segundo rango; incluso en universidades de élite como Harvard y la Universidad de California, los docentes advierten que los alumnos llegan con graves deficiencias en lectura y matemáticas, lo que obliga a los profesores a repasar contenidos que deberían haberse dominado en la educación secundaria
Los datos revelan que en los países ricos que integran la OCDE, aproximadamente el 8% de los estudiantes universitarios obtuvo puntajes en lectura equivalentes a los de un niño de diez años. En matemáticas, los resultados son similares, mostrando un desempeño insuficiente en una proporción considerable de la población estudiantil.
Además, la proporción de alumnos con un rendimiento muy deficiente en alfabetización se duplicó con creces en la última década, lo que evidencia una tendencia global de declive educativo.
En Estados Unidos, la situación es especialmente preocupante. Más de 1.800 profesores de la Universidad de California firmaron una carta abierta denunciando que los estudiantes de primer año carecen de los conocimientos mínimos de bachillerato; de hecho, el 70% de estos alumnos rezagados no alcanza el nivel esperado para un joven de 14 años.
El número de estudiantes con carencias matemáticas graves se multiplicó casi por treinta en apenas cinco años en algunos campus, lo que pone en duda la efectividad de la formación previa.
La crisis de alfabetización también afecta a la capacidad de concentración. En la Universidad de Harvard, algunos profesores se vieron obligados a acortar los textos de lectura porque los alumnos actuales no pueden terminar un libro completo ni comprender prosa compleja como lo hacían hace diez años.
Un factor determinante es que el hábito de la lectura por placer colapsó; en la década de los 90, el 60% de los niños estadounidenses de nueve años leía por gusto, cifra que hoy cayó drásticamente al 37%.
Si bien la pandemia de Covid-19 y el cierre de escuelas por un promedio de 20 semanas agravaron el problema, los expertos señalan que el deterioro comenzó mucho antes de 2020. Entre las causas principales se encuentran el uso excesivo de pantallas y redes sociales, que dificultan la atención sostenida, y un cambio cultural que prioriza contenidos breves sobre textos largos y complejos. Esto generó una población estudiantil con menor capacidad crítica y mayores dificultades para resolver problemas de la vida cotidiana.
Las universidades no son meras observadoras; muchas contribuyeron al problema mediante la inflación de calificaciones y la eliminación de pruebas de acceso estandarizadas como el SAT o el ACT. En Yale, por ejemplo, el 79% de las calificaciones otorgadas en el ciclo 2022-23 fueron A o A-, lo que hace que el sistema de evaluación pierda su sentido como medida de excelencia académica. Esta falta de rigor, sumada a la presión por mantener los niveles de matriculación, convirtió el proceso de admisión en una “caja negra” poco confiable.
Además, la irrupción de la Inteligencia Artificial facilita un fraude generalizado que oculta las carencias reales de los estudiantes. Se estima que el 94% de los universitarios británicos ya utiliza IA para sus tareas, y el uso de herramientas como ChatGPT disparó la cantidad de calificaciones máximas en materias donde los robots son hábiles, como la escritura y la programación.
Ante este panorama, el riesgo es que la academia se resigne y deje de exigir habilidades básicas, lo que supondría una rendición frente a un modelo de población cada vez menos formado y crítico.
Fuente: Correo del Sur
Un informe del semanario británico The Economist, basado en datos de la OCDE, encendió las alarmas al revelar que un número creciente de estudiantes ingresa a la educación superior sin las competencias básicas necesarias para tener éxito académico Esta situación no se limita a instituciones de segundo rango; incluso en universidades de élite como Harvard
Un informe del semanario británico The Economist, basado en datos de la OCDE, encendió las alarmas al revelar que un número creciente de estudiantes ingresa a la educación superior sin las competencias básicas necesarias para tener éxito académico
Esta situación no se limita a instituciones de segundo rango; incluso en universidades de élite como Harvard y la Universidad de California, los docentes advierten que los alumnos llegan con graves deficiencias en lectura y matemáticas, lo que obliga a los profesores a repasar contenidos que deberían haberse dominado en la educación secundaria
Los datos revelan que en los países ricos que integran la OCDE, aproximadamente el 8% de los estudiantes universitarios obtuvo puntajes en lectura equivalentes a los de un niño de diez años. En matemáticas, los resultados son similares, mostrando un desempeño insuficiente en una proporción considerable de la población estudiantil.
Además, la proporción de alumnos con un rendimiento muy deficiente en alfabetización se duplicó con creces en la última década, lo que evidencia una tendencia global de declive educativo.
En Estados Unidos, la situación es especialmente preocupante. Más de 1.800 profesores de la Universidad de California firmaron una carta abierta denunciando que los estudiantes de primer año carecen de los conocimientos mínimos de bachillerato; de hecho, el 70% de estos alumnos rezagados no alcanza el nivel esperado para un joven de 14 años.
El número de estudiantes con carencias matemáticas graves se multiplicó casi por treinta en apenas cinco años en algunos campus, lo que pone en duda la efectividad de la formación previa.
La crisis de alfabetización también afecta a la capacidad de concentración. En la Universidad de Harvard, algunos profesores se vieron obligados a acortar los textos de lectura porque los alumnos actuales no pueden terminar un libro completo ni comprender prosa compleja como lo hacían hace diez años.
Un factor determinante es que el hábito de la lectura por placer colapsó; en la década de los 90, el 60% de los niños estadounidenses de nueve años leía por gusto, cifra que hoy cayó drásticamente al 37%.
Si bien la pandemia de Covid-19 y el cierre de escuelas por un promedio de 20 semanas agravaron el problema, los expertos señalan que el deterioro comenzó mucho antes de 2020. Entre las causas principales se encuentran el uso excesivo de pantallas y redes sociales, que dificultan la atención sostenida, y un cambio cultural que prioriza contenidos breves sobre textos largos y complejos. Esto generó una población estudiantil con menor capacidad crítica y mayores dificultades para resolver problemas de la vida cotidiana.
Las universidades no son meras observadoras; muchas contribuyeron al problema mediante la inflación de calificaciones y la eliminación de pruebas de acceso estandarizadas como el SAT o el ACT. En Yale, por ejemplo, el 79% de las calificaciones otorgadas en el ciclo 2022-23 fueron A o A-, lo que hace que el sistema de evaluación pierda su sentido como medida de excelencia académica. Esta falta de rigor, sumada a la presión por mantener los niveles de matriculación, convirtió el proceso de admisión en una “caja negra” poco confiable.
Además, la irrupción de la Inteligencia Artificial facilita un fraude generalizado que oculta las carencias reales de los estudiantes. Se estima que el 94% de los universitarios británicos ya utiliza IA para sus tareas, y el uso de herramientas como ChatGPT disparó la cantidad de calificaciones máximas en materias donde los robots son hábiles, como la escritura y la programación.
Ante este panorama, el riesgo es que la academia se resigne y deje de exigir habilidades básicas, lo que supondría una rendición frente a un modelo de población cada vez menos formado y crítico.
Fuente: Correo del Sur
Etiquetas: educaciónuniversidad
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