¿Qué ocurre cuando la felicidad deja de ser un deseo y se convierte en una obligación? Esa es la pregunta que lleva años planteando Carl Cederström, profesor de la Stockholm Business School, autor de varios ensayos críticos sobre la cultura laboral y la industria de la felicidad. El último en llegar a España es El síndrome del bienestar, un libro mordaz y ameno que escribió a cuatro manos junto a André Spicer, decano de la Bayes Business School. En él, analizan el auge de la industria del wellness, centrándose en sus rincones más oscuros. Cómo el mindfulness pasó de ser una tendencia contracultural a convertirse en una herramienta corporativa. Cómo, al mirar en nuestro interior, dejamos de buscar las respuestas en lo político y social. Y cómo la obsesión por contar calorías, pasos y hormonas (la hoja de cálculo del bienestar, lo llama él) ofrece a algunas personas un espejismo de certeza, un mundo en el que parece existir una relación clara entre causa y efecto.
En ‘El síndrome del bienestar’, el autor argumenta que cuando la salud y la felicidad se convierten en imperativos morales, el resultado no suele ser la liberación, sino la culpa, la ansiedad y el repliegue sobre uno mismo
¿Qué ocurre cuando la felicidad deja de ser un deseo y se convierte en una obligación? Esa es la pregunta que lleva años planteando Carl Cederström, profesor de la Stockholm Business School, autor de varios ensayos críticos sobre la cultura laboral y la industria de la felicidad. El último en llegar a España es El síndrome del bienestar, un libro mordaz y ameno que escribió a cuatro manos junto a André Spicer, decano de la Bayes Business School. En él, analizan el auge de la industria del wellness, centrándose en sus rincones más oscuros. Cómo el mindfulness pasó de ser una tendencia contracultural a convertirse en una herramienta corporativa. Cómo, al mirar en nuestro interior, dejamos de buscar las respuestas en lo político y social. Y cómo la obsesión por contar calorías, pasos y hormonas (la hoja de cálculo del bienestar, lo llama él) ofrece a algunas personas un espejismo de certeza, un mundo en el que parece existir una relación clara entre causa y efecto.
Pregunta. En el libro sostiene que sentirse bien se ha convertido en un imperativo moral, que el bienestar ha pasado a ser una ideología. ¿Cómo ocurrió?
Respuesta. La idea de querer vivir una buena vida siempre ha existido. Pero diría que en la década de los setenta la cultura del ejercicio, los movimientos de autoayuda y crecimiento personal adquieren una gran relevancia. Surgen numerosos programas y seminarios destinados a ayudar a las personas a encontrar su verdadero yo interior. Las empresas empiezan a enviar a sus empleados a cursos orientados al crecimiento personal, no solo para desarrollarse como individuos, sino también para ser más eficaces en el trabajo. Creo que una parte importante del movimiento del wellness es también esta búsqueda de autenticidad, entendida de una manera muy individualizada, que comienza a desarrollarse entonces. La salud siempre ha sido importante, pero el wellness, como concepto, ganó tracción. No sé si en España pasó, porque cuidáis mucho vuestro idioma, pero en Suecia, en otros países, la palabra wellness no se tradujo, se exportó tal cual…
P. Aquí también. Wellness es un anglicismo que se usa.
R. Hay un discurso propio del wellness, una forma específica de hablar de él, unas palabras y expresiones particulares. Con el wellness no se habla de un bienestar genérico [de aquí en adelante, se ha mantenido la palabra en el inglés original]. No se trata simplemente de la salud cotidiana, sino de una idea de supersalud, como algo que puede mejorarse indefinidamente. También es la época en la que cierta cultura estadounidense se globaliza junto con todo un vocabulario asociado. En los ochenta aparecen figuras como Jane Fonda, los vídeos de ejercicio y los programas televisivos que llevan el wellness al salón de casa. Es también la generación que deja de fumar. En los noventa, además, muchas de las ideas que analizo se integran en la cultura corporativa. Pero el gran boom llega en los años dos mil.
P. Denuncia que el bienestar se ha convertido en una especie de valor moral. Y esto se refleja en muchos ámbitos, pero especialmente en la alimentación, resumida en la idea de que “eres lo que comes”.
R. Exacto. Y está muy relacionado con la monitorización y la obsesión por los datos. Empezamos a entender la comida a través de métricas. Vivimos en un mundo en el que la gente puede esforzarse muchísimo y hacer todo correctamente sin obtener necesariamente los resultados que cree merecer. El gimnasio y el conteo de calorías ofrecen a algunas personas un universo casi utópico en el que parece existir una relación clara entre causa y efecto. Si vas al gimnasio, sigues una dieta determinada y haces lo que te indican, normalmente obtienes el resultado esperado. A medida que la meritocracia y otros proyectos utópicos se erosionan, este tipo de actividades explican cómo nos gustaría que funcionase el mundo.
P. Y ahí es donde entra el nihilismo pasivo, el bienestar como una idea de mejora individual, olvidando lo colectivo.
R. No estoy diciendo que practicar actividades de bienestar convierta automáticamente a alguien en un nihilista pasivo. Lo que intento cuestionar es la creencia ingenua de que implicarse en ellas siempre conduce a una mejora moral. La idea del nihilismo pasivo es que actividades como ir al gimnasio pueden crear una sensación de orden. Te permiten cerrar el ruido exterior y concentrarte en tu propio cuerpo. Dan la impresión de que estás haciendo lo correcto y de que el universo es más simple de lo que realmente es. Para muchas personas funcionan como un refugio, un pequeño espacio de seguridad desde el cual aislarse de lo que sucede alrededor. Individualizar la responsabilidad puede resultar inofensivo cuando uno piensa: “Tengo que ir al gimnasio”. Pero si la trasladas a la política y crees que la única manera de mejorar la sociedad consiste en que cada persona encuentre su voz interior, se vuelva más saludable y consiga un mejor empleo, probablemente no estés utilizando la herramienta política más eficaz.
P. ¿Cómo ha reaccionado este mundo al uso masivo de los fármacos adelgazantes? Antes se criticaba a las personas obesas por no ser saludables. Ahora también se las critica por adelgazar con Ozempic y similares, como si estuvieran haciendo trampas.
R. Ozempic ocupa una posición ambigua. Por una parte, es un medicamento eficaz para perder peso. Por otra, puede percibirse como un atajo o una forma artificial de lograr el objetivo. Creo que se sitúa exactamente entre dos discursos diferentes dentro del wellness. Encaja perfectamente con una visión que acepta suplementos, proteínas, mediciones constantes y optimización corporal. Desde esa perspectiva, no sería muy distinto de otras herramientas destinadas a mejorar el rendimiento. Pero existe también otra corriente obsesionada con la autenticidad. La idea de que hay que hacerlo todo de forma natural, sufrir el proceso, dar a luz sin anestesia, caminar descalzo o superar pruebas físicas exigentes. Una visión según la cual hay que ganarse el resultado. Por eso Ozempic resulta tan fascinante.
P. El mindfulness pasó de ser una tendencia contracultural a convertirse en una industria multimillonaria. Y los primeros en abrazarla han sido los departamentos de recursos humanos, ¿por qué?
R. El misticismo oriental, en los sesenta, sirve para cuestionar una sociedad considerada rígida y dominada por valores conservadores. Pero en los años setenta y ochenta, gran parte de todo eso empieza a corporativizarse. Aparecen cursos que enseñan budismo y otras prácticas, no para alcanzar la sabiduría o la iluminación, sino para ser más eficaz en el mercado laboral. Se produce una auténtica corporativización del misticismo oriental, y eso sigue ocurriendo hoy. La meditación y el wellness se han convertido en una herramienta corporativa. No sirven para que seas más feliz, sino para que seas más productivo.
P. En su libro analiza la paradoja de la felicidad: vivimos en una sociedad obsesionada con la felicidad y, sin embargo, aumentan tanto el consumo de antidepresivos como las tasas de suicidio. ¿Qué está pasando?
R. El aumento de los diagnósticos de depresión y del uso de medicamentos responde a muchos factores diferentes, así que preferiría no simplificar demasiado la respuesta. Lo que sí intentábamos señalar en el libro es que la propia expectativa de felicidad puede ser problemática. Hay muchas formas de vivir una vida humana. La felicidad no tiene por qué ser el único objetivo posible. A partir de la Ilustración, en el siglo XVIII, la felicidad empezó a concebirse como algo que debía perseguirse. Y es también entonces cuando las personas empiezan a sentirse miserables, no solo porque sean infelices, sino porque fracasan a la hora de cumplir ese nuevo ideal. Lo que nos parece problemático es el ideal en sí mismo. Si analizas la felicidad filosóficamente, es algo muy fugaz. Una cosa es llevar una vida satisfactoria, con un trabajo o una relación que consideres significativos. Otra muy distinta es esa idea de felicidad entendida como un estado permanente de dicha. Además, la felicidad puede aparecer en situaciones completamente inesperadas. La obsesión por ella puede hacernos perder de vista que la vida está compuesta por emociones complejas. Pensemos en la muerte de alguien cercano. Si la presión social consiste en superar la pérdida cuanto antes, tomar antidepresivos y volver inmediatamente al trabajo, se pierde algo importante. Al final, gran parte de esto se reduce a la productividad. ¿Por qué es importante ser feliz? Porque así puedes volver al trabajo, seguir produciendo y continuar funcionando.
P. Arranca el libro citando a Sartre y lo cierra con Zadie Smith. En los dos casos habla de una euforia por vivir intensamente que no casa demasiado con el canon de la salud y el wellness…
R. Sartre pasaba días y noches enteros entregado a la literatura, la filosofía o la política. Eso está muy lejos de lo que hoy solemos entender por felicidad. Y, sin embargo, había una alegría profunda en esa búsqueda. Se podía encontrar sentido en el conocimiento, en la cultura, en la acción política o en los proyectos colectivos, hasta el punto de estar dispuesto a arriesgar la vida porque algo te parecía realmente importante. Lo que encuentro tanto en Sartre como en Zadie Smith es una forma de amor hacia algo que es tan intensa y tan poderosa que no tiene nada que ver con el wellness, con el cálculo. Está tan lejos de contar calorías como es posible imaginar. Creo que hay una pasión y una alegría en eso que podrían perderse si uno se obsesiona demasiado con pensarse a sí mismo a través de lo que podríamos llamar la hoja de cálculo del wellness.
P. Es una idea bonita, aunque no sé si el mundo va en esa dirección.
R. Ya. Estamos viviendo una especie de versión contemporánea de la transición que ya se produjo entre los años sesenta y setenta. Los programas de crecimiento personal de los años sesenta estaban vinculados a la experimentación con drogas psicodélicas, al amor libre y a todo ese tipo de cosas. En los años setenta, en cambio, muchas de esas ideas fueron reformuladas y empaquetadas de nuevo como herramientas para convertirse en un mejor empleado y en una persona más exitosa en el mercado. Ahora está pasando lo mismo.
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