En 1907, Pablo Picasso convocó a un selecto grupo de artistas y amigos a su estudio en París. El pintor malagueño quería mostrarles una obra en la que había trabajado febrilmente durante seis meses. La reacción colectiva, lejos de la admiración, fue de conmoción, horror y repugnancia.
Se dice que el pintor francés Georges Braque comparó la experiencia con «beber gasolina», mientras que Henri Matisse, indignado, calificó a las mujeres del lienzo de «horribles». El rechazo fue tal que la obra permaneció oculta al público hasta 1916.
Hoy, más de un siglo después, Las señoritas de Avignon (1907) no solo es una de las obras más reconocibles del mundo, sino el catalizador de una ruptura radical que cambió el rumbo del arte moderno. Sin embargo, su historia arrastra una deuda histórica que el arte contemporáneo finalmente está cobrando.
La demolición de la realidad: Nace el cubismo
Originalmente titulada El burdel de Avignon, la pintura presenta a cinco mujeres desnudas en un burdel de Barcelona. Sus cuerpos aparecen deformes, desarticulados y geométricos; dos de ellas exhiben rostros completamente inexpresivos, mientras que las otras tres clavan una mirada desafiante en el espectador.
«Picasso se alejó de la pintura emotiva y figurativa para fragmentar las formas y repensar la representación del espacio y los cuerpos», explica Joanne Snrech, curadora del Museo Nacional Picasso de París. «Este cambio fue clave para el desarrollo del cubismo».
La hostilidad de sus contemporáneos no se debió a un simple cambio de estilo: Picasso lo cambió todo a la vez. Fusionó múltiples perspectivas en una sola imagen estática, destruyendo las leyes de la perspectiva renacentista que habían dominado el arte occidental durante siglos.
Secreto a voces: La apropiación del arte africano
Las innovaciones de Picasso no nacieron en el vacío. Meses antes de pintar el lienzo, el artista desarrolló una fascinación por las máscaras y esculturas del continente africano, obsesión que comenzó cuando Matisse le mostró una pequeña figurilla procedente de lo que hoy es la República Democrática del Congo.
Picasso empezó a visitar obsesivamente el Museo de Etnografía del Trocadero, fascinado por cómo los artesanos africanos simplificaban y distorsionaban las facciones humanas para lograr abstracciones intensas y provocadoras. El resultado es evidente en los rostros asimétricos y abstractos del lado derecho de Las señoritas de Avignon.
A pesar de la obviedad de esta influencia, Picasso la negó sistemáticamente. En 1920, llegó a asegurar a un crítico que «nunca había oído hablar» del arte africano.
El impacto técnico: Tomó la fuerza geométrica y abstracta de las máscaras.
La crítica actual: Se benefició directamente de una estética ajena mientras alimentaba la narrativa de la época que catalogaba el arte africano como algo puramente «primitivo».
Henry Taylor y la reinterpretación
Un siglo después del experimento de Picasso, el aclamado pintor estadounidense Henry Taylor decidió responder al maestro cubista. Su versión, titulada Del Congo a la Capital y de Nuevo Negro (2007), se exhibe actualmente en el Museo Nacional Picasso de París dentro de la retrospectiva «Henry Taylor: Donde los pensamientos provocan».
Taylor mantiene la estructura y las poses originales, pero realiza giros conceptuales brillantes:
Justicia estética: Al pintar a las mujeres con piel negra, Taylor devuelve explícitamente el origen geográfico y cultural que Picasso intentó camuflar. El título alude directamente a la estatuilla congoleña de Matisse y al viaje del arte desde África hasta la capital francesa.
Una mirada distinta del cuerpo femenino: Mientras que las figuras de Picasso exudan una fragmentación violenta —ligada a su tormentosa y machista visión de las mujeres como «máquinas de sufrimiento»—, las de Taylor resultan empoderadas. Una de ellas, de hecho, luce el icónico corte de cabello de Josephine Baker, la primera superestrella global negra.
El detalle del intruso: En la esquina inferior izquierda de la obra de Taylor flota un brazo masculino blanco, sin cuerpo y con un reloj de oro, que manosea a una de las mujeres. Es una crítica directa al colonialismo, al voyeurismo y a los personajes masculinos (un marinero y un estudiante de medicina) que Picasso eliminó del boceto original.
De la repugnancia al mito
A pesar de los abucheos iniciales, el tiempo le dio la razón a la audacia. Para la década de 1920, el poeta André Breton ya la consideraba una revolución y el MoMA de Nueva York la adquirió en 1939 como la piedra angular de su colección permanente, donde reside hasta hoy.
Las señoritas de Avignon sigue incomodando, cuestionando y fascinando a partes iguales. Que los artistas contemporáneos como Henry Taylor sigan discutiendo con ella demuestra que una verdadera obra maestra no es aquella que genera consenso, sino aquella que, incluso cien años después, continúa siendo un campo de batalla cultural.
La entrada La máscara africana que Picasso censuró y el lienzo que cambió el arte moderno se publicó primero en El Diario – Bolivia.
En 1907, Pablo Picasso convocó a un selecto grupo de artistas y amigos a su estudio en París. El pintor malagueño quería mostrarles una obra en la que había trabajado febrilmente durante seis meses. La reacción colectiva, lejos de la admiración, fue de conmoción, horror y repugnancia. Se dice que el pintor francés Georges Braque
La entrada La máscara africana que Picasso censuró y el lienzo que cambió el arte moderno se publicó primero en El Diario – Bolivia.
En 1907, Pablo Picasso convocó a un selecto grupo de artistas y amigos a su estudio en París. El pintor malagueño quería mostrarles una obra en la que había trabajado febrilmente durante seis meses. La reacción colectiva, lejos de la admiración, fue de conmoción, horror y repugnancia.
Se dice que el pintor francés Georges Braque comparó la experiencia con «beber gasolina», mientras que Henri Matisse, indignado, calificó a las mujeres del lienzo de «horribles». El rechazo fue tal que la obra permaneció oculta al público hasta 1916.
Hoy, más de un siglo después, Las señoritas de Avignon (1907) no solo es una de las obras más reconocibles del mundo, sino el catalizador de una ruptura radical que cambió el rumbo del arte moderno. Sin embargo, su historia arrastra una deuda histórica que el arte contemporáneo finalmente está cobrando.
La demolición de la realidad: Nace el cubismo
Originalmente titulada El burdel de Avignon, la pintura presenta a cinco mujeres desnudas en un burdel de Barcelona. Sus cuerpos aparecen deformes, desarticulados y geométricos; dos de ellas exhiben rostros completamente inexpresivos, mientras que las otras tres clavan una mirada desafiante en el espectador.
«Picasso se alejó de la pintura emotiva y figurativa para fragmentar las formas y repensar la representación del espacio y los cuerpos», explica Joanne Snrech, curadora del Museo Nacional Picasso de París. «Este cambio fue clave para el desarrollo del cubismo».
La hostilidad de sus contemporáneos no se debió a un simple cambio de estilo: Picasso lo cambió todo a la vez. Fusionó múltiples perspectivas en una sola imagen estática, destruyendo las leyes de la perspectiva renacentista que habían dominado el arte occidental durante siglos.
Secreto a voces: La apropiación del arte africano
Las innovaciones de Picasso no nacieron en el vacío. Meses antes de pintar el lienzo, el artista desarrolló una fascinación por las máscaras y esculturas del continente africano, obsesión que comenzó cuando Matisse le mostró una pequeña figurilla procedente de lo que hoy es la República Democrática del Congo.
Picasso empezó a visitar obsesivamente el Museo de Etnografía del Trocadero, fascinado por cómo los artesanos africanos simplificaban y distorsionaban las facciones humanas para lograr abstracciones intensas y provocadoras. El resultado es evidente en los rostros asimétricos y abstractos del lado derecho de Las señoritas de Avignon.
A pesar de la obviedad de esta influencia, Picasso la negó sistemáticamente. En 1920, llegó a asegurar a un crítico que «nunca había oído hablar» del arte africano.
El impacto técnico: Tomó la fuerza geométrica y abstracta de las máscaras.
La crítica actual: Se benefició directamente de una estética ajena mientras alimentaba la narrativa de la época que catalogaba el arte africano como algo puramente «primitivo».
Henry Taylor y la reinterpretación
Un siglo después del experimento de Picasso, el aclamado pintor estadounidense Henry Taylor decidió responder al maestro cubista. Su versión, titulada Del Congo a la Capital y de Nuevo Negro (2007), se exhibe actualmente en el Museo Nacional Picasso de París dentro de la retrospectiva «Henry Taylor: Donde los pensamientos provocan».
Taylor mantiene la estructura y las poses originales, pero realiza giros conceptuales brillantes:
Justicia estética: Al pintar a las mujeres con piel negra, Taylor devuelve explícitamente el origen geográfico y cultural que Picasso intentó camuflar. El título alude directamente a la estatuilla congoleña de Matisse y al viaje del arte desde África hasta la capital francesa.
Una mirada distinta del cuerpo femenino: Mientras que las figuras de Picasso exudan una fragmentación violenta —ligada a su tormentosa y machista visión de las mujeres como «máquinas de sufrimiento»—, las de Taylor resultan empoderadas. Una de ellas, de hecho, luce el icónico corte de cabello de Josephine Baker, la primera superestrella global negra.
El detalle del intruso: En la esquina inferior izquierda de la obra de Taylor flota un brazo masculino blanco, sin cuerpo y con un reloj de oro, que manosea a una de las mujeres. Es una crítica directa al colonialismo, al voyeurismo y a los personajes masculinos (un marinero y un estudiante de medicina) que Picasso eliminó del boceto original.
De la repugnancia al mito
A pesar de los abucheos iniciales, el tiempo le dio la razón a la audacia. Para la década de 1920, el poeta André Breton ya la consideraba una revolución y el MoMA de Nueva York la adquirió en 1939 como la piedra angular de su colección permanente, donde reside hasta hoy.
Las señoritas de Avignon sigue incomodando, cuestionando y fascinando a partes iguales. Que los artistas contemporáneos como Henry Taylor sigan discutiendo con ella demuestra que una verdadera obra maestra no es aquella que genera consenso, sino aquella que, incluso cien años después, continúa siendo un campo de batalla cultural.
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