Dando inicio a su gira mundial en la ciudad surcoreana de Incheon, los cinco miembros de la banda de K-pop Cortis subieron al escenario con atuendos informales inspirados en la ropa urbana, desprendiendo una vibra desenfadada y genial. Un mar de rectángulos luminosos flotaba en la penumbra del estadio. En pleno espectáculo, el mensaje de la agrupación fue rotundo cuando uno de sus integrantes gritó a la multitud que dejara el teléfono. Un rugido ensordecedor respondió en el recinto abarrotado, pero casi nadie bajó la mano; las lentes de alta resolución continuaron apuntando fijamente a los ídolos. El cantante repitió la orden, esta vez subiendo el tono, intentando atravesar el mar de dispositivos suspendidos en el aire.
El llamado de atención encierra una profunda declaración de intenciones. De hecho, «Deja el teléfono abajo» es el nombre de la primera gran gira mundial de la agrupación, un recorrido que comenzó en Asia el 18 de julio y los llevará por plazas clave de Estados Unidos como Nueva York y Los Ángeles, antes de su regreso a Seúl a finales de agosto. La consigna de la banda, impulsada por su discográfica BigHit Music —la misma cuna del fenómeno global BTS—, es simple en apariencia: animar a los jóvenes a salir de la pantalla de seis pulgadas y experimentar el espectáculo con los ojos abiertos al presente. Sin embargo, en el contexto de la cultura pop contemporánea, esta petición choca de frente contra una maquinaria cultural y económica profundamente arraigada.
Documentar como acto de devoción
Para comprender por qué los seguidores de Cortis no acatan de inmediato la orden de sus ídolos, es necesario entender el rol que juega la tecnología en las comunidades globales de fans. En la subcultura del K-pop, la presencia en un concierto no concluye cuando se apagan las luces del recinto; en realidad, apenas comienza allí. Los videos grabados por los asistentes —las famosas fancams, centradas de forma minuciosa en un único integrante del grupo— son la divisa fundamental de internet. Estos clips son desmenuzados por millones de usuarios en redes sociales para estudiar coreografías, expresiones faciales o interacciones espontáneas. Grabar es una contribución activa al entusiasmo colectivo y a la construcción comunitaria.
A esto se suma el costo del recuerdo. Asistir a un concierto masivo implica una inversión económica significativa. Entre entradas, transporte y alojamiento, los fans suelen desembolsar más de un millón de wones (alrededor de 700 dólares). Para asegurar la máxima calidad de imagen, jóvenes como Park Ji-yeon, de 22 años, incluso alquilan teléfonos inteligentes de última generación, exclusivamente para el evento. Desde su perspectiva, el video es la única garantía de conservar un recuerdo que se evaporará inevitablemente al abandonar el recinto. Cuando un espectador realiza un esfuerzo financiero de tal magnitud para estar en primera fila, la insistencia del grupo para que guarden sus teléfonos puede percibirse no como un llamado a conectar, sino como una restricción sobre la forma en que el fan decide procesar y atesorar su inversión.
A pesar de esta tensión, la postura de la banda también encuentra eco entre quienes anhelan un retorno a la energía colectiva de antaño. Asistentes como Kim Ga-eun, de 25 años, notaron la diferencia desde el anfiteatro. Ver a la gente al fondo del escenario de pie bailando junta sin sostener pantallas refleja con exactitud la intención genuina del espectáculo en vivo.
Choque generacional y conceptual
El caso de Cortis resulta particularmente fascinante por la identidad del propio grupo. Formado en su mayoría por adolescentes —con su miembro mayor, James, de tan solo 20 años—, la banda ha tenido un año vertiginoso tras presentarse en escenarios de prestigio internacional como el festival Lollapalooza en Chicago. El propio nombre del grupo deriva de la frase en inglés «coloring outside the lines» (colorear fuera de las líneas). Según su discográfica, la agrupación busca reflejar un espíritu libre que rompa con las convenciones y normas sociales, lo que en este contexto implica desafiar la tentación constante de usar la cámara.
Paradójicamente, en la era de la sobreexposición digital, la verdadera «rebeldía» propuesta por los artistas consiste en apagar la pantalla. La discrepancia radica en que, para la Generación Z, el teléfono inteligente no es una distracción ajena al evento, sino el prisma a través del cual procesan y archivan la realidad. La reacción inicial de la audiencia durante la primera fecha del tour provocó murmullos de descontento en línea. Conscientes del impacto de su mensaje, los integrantes de Cortis demostraron flexibilidad durante la segunda jornada. El mensaje inflexible del primer día («Dejemos los teléfonos a un lado y divirtámonos juntos») se transformó en un planteamiento más empático, comprendieron la necesidad de los fans de grabar, aclarando que la consigna de la gira era una «disposición mental» hacia el disfrute compartido, más que una prohibición estricta.
Artistas contra la mediación digital
El dilema vivido en Incheon no es un hecho aislado del K-pop, sino el capítulo más reciente de una oleada global de artistas que luchan por redefinir la etiqueta en las artes escénicas. Cantantes como Phoebe Bridgers y Alicia Keys han exigido a los asistentes el uso de bolsas selladas con cierre para inhabilitar el acceso a los teléfonos durante el show. Otros han ido más lejos, como el líder de la banda de rock británica Suede, Brett Anderson, quien en 2023 saltó las barricadas en Singapur para arrebatar los dispositivos directamente de las manos de los fans. Incluso artistas pop de la talla de Billie Eilish han pedido dulcemente a las primeras filas que bajen los móviles para mirarla a los ojos, mientras que figuras del K-pop como Jungkook, de BTS, han recurrido a la broma pidiendo a su público que dejen de mirar la pantalla y se enfoquen en él.
El futuro del espectáculo en vivo
La disputa entre la lente de la cámara y el ojo humano refleja una transformación sociológica en la vivencia del ocio. Mientras los artistas conciben el escenario como un espacio de interacción bidireccional inmediata, el público contemporáneo entiende el concierto como un espacio de producción y consumo de contenido cultural perdurable. El intento de Cortis por equilibrar ambos mundos demuestra que la etiqueta en los eventos masivos ya no se impone, se negocia. En la intersección entre la música en directo y la cultura digital, el concierto del siglo XXI se ha convertido en un territorio de diálogo constante entre la necesidad del artista de ser mirado a los ojos y el deseo del espectador de inmortalizar el momento.
La entrada El dilema de la Generación Z en los conciertos, ¿grabar o conectar con el artista se publicó primero en El Diario – Bolivia.
Dando inicio a su gira mundial en la ciudad surcoreana de Incheon, los cinco miembros de la banda de K-pop Cortis subieron al escenario con atuendos informales inspirados en la ropa urbana, desprendiendo una vibra desenfadada y genial. Un mar de rectángulos luminosos flotaba en la penumbra del estadio. En pleno espectáculo, el mensaje de
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Dando inicio a su gira mundial en la ciudad surcoreana de Incheon, los cinco miembros de la banda de K-pop Cortis subieron al escenario con atuendos informales inspirados en la ropa urbana, desprendiendo una vibra desenfadada y genial. Un mar de rectángulos luminosos flotaba en la penumbra del estadio. En pleno espectáculo, el mensaje de la agrupación fue rotundo cuando uno de sus integrantes gritó a la multitud que dejara el teléfono. Un rugido ensordecedor respondió en el recinto abarrotado, pero casi nadie bajó la mano; las lentes de alta resolución continuaron apuntando fijamente a los ídolos. El cantante repitió la orden, esta vez subiendo el tono, intentando atravesar el mar de dispositivos suspendidos en el aire.
El llamado de atención encierra una profunda declaración de intenciones. De hecho, «Deja el teléfono abajo» es el nombre de la primera gran gira mundial de la agrupación, un recorrido que comenzó en Asia el 18 de julio y los llevará por plazas clave de Estados Unidos como Nueva York y Los Ángeles, antes de su regreso a Seúl a finales de agosto. La consigna de la banda, impulsada por su discográfica BigHit Music —la misma cuna del fenómeno global BTS—, es simple en apariencia: animar a los jóvenes a salir de la pantalla de seis pulgadas y experimentar el espectáculo con los ojos abiertos al presente. Sin embargo, en el contexto de la cultura pop contemporánea, esta petición choca de frente contra una maquinaria cultural y económica profundamente arraigada.
Documentar como acto de devoción
Para comprender por qué los seguidores de Cortis no acatan de inmediato la orden de sus ídolos, es necesario entender el rol que juega la tecnología en las comunidades globales de fans. En la subcultura del K-pop, la presencia en un concierto no concluye cuando se apagan las luces del recinto; en realidad, apenas comienza allí. Los videos grabados por los asistentes —las famosas fancams, centradas de forma minuciosa en un único integrante del grupo— son la divisa fundamental de internet. Estos clips son desmenuzados por millones de usuarios en redes sociales para estudiar coreografías, expresiones faciales o interacciones espontáneas. Grabar es una contribución activa al entusiasmo colectivo y a la construcción comunitaria.
A esto se suma el costo del recuerdo. Asistir a un concierto masivo implica una inversión económica significativa. Entre entradas, transporte y alojamiento, los fans suelen desembolsar más de un millón de wones (alrededor de 700 dólares). Para asegurar la máxima calidad de imagen, jóvenes como Park Ji-yeon, de 22 años, incluso alquilan teléfonos inteligentes de última generación, exclusivamente para el evento. Desde su perspectiva, el video es la única garantía de conservar un recuerdo que se evaporará inevitablemente al abandonar el recinto. Cuando un espectador realiza un esfuerzo financiero de tal magnitud para estar en primera fila, la insistencia del grupo para que guarden sus teléfonos puede percibirse no como un llamado a conectar, sino como una restricción sobre la forma en que el fan decide procesar y atesorar su inversión.
A pesar de esta tensión, la postura de la banda también encuentra eco entre quienes anhelan un retorno a la energía colectiva de antaño. Asistentes como Kim Ga-eun, de 25 años, notaron la diferencia desde el anfiteatro. Ver a la gente al fondo del escenario de pie bailando junta sin sostener pantallas refleja con exactitud la intención genuina del espectáculo en vivo.
Choque generacional y conceptual
El caso de Cortis resulta particularmente fascinante por la identidad del propio grupo. Formado en su mayoría por adolescentes —con su miembro mayor, James, de tan solo 20 años—, la banda ha tenido un año vertiginoso tras presentarse en escenarios de prestigio internacional como el festival Lollapalooza en Chicago. El propio nombre del grupo deriva de la frase en inglés «coloring outside the lines» (colorear fuera de las líneas). Según su discográfica, la agrupación busca reflejar un espíritu libre que rompa con las convenciones y normas sociales, lo que en este contexto implica desafiar la tentación constante de usar la cámara.
Paradójicamente, en la era de la sobreexposición digital, la verdadera «rebeldía» propuesta por los artistas consiste en apagar la pantalla. La discrepancia radica en que, para la Generación Z, el teléfono inteligente no es una distracción ajena al evento, sino el prisma a través del cual procesan y archivan la realidad. La reacción inicial de la audiencia durante la primera fecha del tour provocó murmullos de descontento en línea. Conscientes del impacto de su mensaje, los integrantes de Cortis demostraron flexibilidad durante la segunda jornada. El mensaje inflexible del primer día («Dejemos los teléfonos a un lado y divirtámonos juntos») se transformó en un planteamiento más empático, comprendieron la necesidad de los fans de grabar, aclarando que la consigna de la gira era una «disposición mental» hacia el disfrute compartido, más que una prohibición estricta.
Artistas contra la mediación digital
El dilema vivido en Incheon no es un hecho aislado del K-pop, sino el capítulo más reciente de una oleada global de artistas que luchan por redefinir la etiqueta en las artes escénicas. Cantantes como Phoebe Bridgers y Alicia Keys han exigido a los asistentes el uso de bolsas selladas con cierre para inhabilitar el acceso a los teléfonos durante el show. Otros han ido más lejos, como el líder de la banda de rock británica Suede, Brett Anderson, quien en 2023 saltó las barricadas en Singapur para arrebatar los dispositivos directamente de las manos de los fans. Incluso artistas pop de la talla de Billie Eilish han pedido dulcemente a las primeras filas que bajen los móviles para mirarla a los ojos, mientras que figuras del K-pop como Jungkook, de BTS, han recurrido a la broma pidiendo a su público que dejen de mirar la pantalla y se enfoquen en él.
El futuro del espectáculo en vivo
La disputa entre la lente de la cámara y el ojo humano refleja una transformación sociológica en la vivencia del ocio. Mientras los artistas conciben el escenario como un espacio de interacción bidireccional inmediata, el público contemporáneo entiende el concierto como un espacio de producción y consumo de contenido cultural perdurable. El intento de Cortis por equilibrar ambos mundos demuestra que la etiqueta en los eventos masivos ya no se impone, se negocia. En la intersección entre la música en directo y la cultura digital, el concierto del siglo XXI se ha convertido en un territorio de diálogo constante entre la necesidad del artista de ser mirado a los ojos y el deseo del espectador de inmortalizar el momento.
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